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Una vez, un profesor universitario, a pesar de las pruebas que demostraban que su explicación era errónea y señalaban todo lo contrario a lo que sostenía con fervor, afirmó, muy orondo, que quien estaba equivocada era la realidad.
Una vez, un profesor universitario, a pesar de las pruebas que demostraban que su explicación era errónea y señalaban todo lo contrario a lo que sostenía con fervor, afirmó, muy orondo, que quien estaba equivocada era la realidad.
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Durante siglos, esta actitud dominó la manera de entender el mundo. Se aceptaba que no era necesario ningún experimento para demostrar la validez de una afirmación, pues la verdad se sostenía por la presión de la autoridad. Al contrario, cualquier argumento que la contradijera era violentamente silenciado. Bastaba lanzar cualquier disparate y convertirlo, falsamente, en certidumbre. Se imponía por coacción o se vinculaba a un texto sagrado como fundamento incuestionable. Evidentemente, esta fue la ruta de las creencias que se asumieron durante gran parte de la historia y que, a la vez, tuvieron enormes consecuencias sociales.
Sobre esos héroes de la verdad, como Copérnico, Giordano Bruno o Galileo, se erigió el modo más eficaz de explicación: la ciencia. No obstante, el camino hacia un saber confiable y el notable desarrollo tecnológico actual no estuvo exento de ataques ni de persistentes derrotas. Liberarse de la tiranía epistémica aristotélica requería de mentes brillantes y cuestionadoras del orden reinante. Por ello, contamos con referentes claves como Francis Bacon (1561-1626) que dieron un giro revolucionario a la historia del conocimiento humano.
Prueba lo que dices
Hoy es imprescindible que todos respalden lo que afirman. Como es sabido, esta es una base esencial de la convivencia. Por eso, uno de los aportes fundamentales de Bacon fue definir una metodología que escapara de las arbitrariedades y de las subjetividades inestables. Para ello sostuvo que, en un universo de opiniones sin pruebas ni certificación, reinaba peligrosamente la ambigüedad. Se requería un método que controlase lo incierto y redujera el desconocimiento. Así, inició su cruzada por consolidar el rigor científico, impulsando decididamente la inducción como el medio más adecuado para deshacer falsedades y, por supuesto, el mejor camino para gestionar y maximizar el dominio racional de la naturaleza.
El método de la inducción
En “Novum Organum” (1620), su libro fundamental, planteó su agenda epistémica. Es imprescindible rastrear las leyes que nos rigen, la estructura invisible que nos gobierna, esa arquitectura causal que nos define. Para ello, la inducción es un procedimiento gradual que se organiza desde los hechos y va exhaustivamente hacia los axiomas. De ese modo, tras observar meticulosamente y organizar los datos, se compara y se excluye lo infundado. Se elabora un sentido posible confrontado con la experimentación y, si resiste a la corroboración, estaremos ante un aporte que transforma nuestra percepción de la realidad.
Ídolos, distorsiones del conocimiento
En ese contexto refutó un conjunto de filtros, invisibles pero decisivos, en la formación de nuestras creencias. Estos funcionan como lentes a través de los cuales interpretamos la realidad. Parece que siempre han estado allí; sin embargo, son sesgos que se han instalado en nuestra manera de conocer. A menudo, distorsionamos la realidad al apelar al sentido común, el cual posee un alto grado de error. A este tipo de desviación, Bacon lo denominó “ídolo de la tribu”, es decir, una tergiversación inherente a la propia condición humana.
También alteramos las cosas cuando nuestras propias barreras individuales se interponen en la interpretación. Todo eso que nos define –lecturas, formación educativa, maestros, consejeros– ese conglomerado de saberes acumulados, llamados ídolos de la caverna, y que constituyen una valla para el conocimiento científico. Pero no son los únicos. Las palabras pueden generar confusión y una brecha de incomprensión en su porosa significación. Esto permite malinterpretaciones de magnitudes colosales y da un margen de inexactitudes que desfigura la realidad. Esos son los ídolos del mercado, ya que se ofertan y circulan como verdades cuando son una cadena de insensatez planificada. Y, para completar el cuadro, los tejidos teóricos heredados. Se trata de un edificio estructurado de conceptos y categorías que determinan exponencialmente lo que creemos. Se han sedimentado en nosotros y se hacen pasar por naturales, cuando son una imposición, a veces sutil y lenta, otras una colonización impregnada. A estos ídolos se les llama “de teatro”, ya que son como un guion que nos han incorporado.
Cuatro siglos después de su fallecimiento, las lecciones de este pensador siguen guiando la ciencia. Su decisivo aporte ayudó a enfrentarse a la arbitrariedad, al abuso de los caprichos y a consolidar el conocimiento basado en evidencias, con un orden sistemático. Toda teoría debe someterse a estrictos protocolos de verificación. Bacon fue uno de los más lúcidos filósofos modernos que ayudó a consolidar la ciencia, un instrumento emancipador y racional para enfrentarnos al despotismo de las mentiras.
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