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Sarita Colonia: 100 años de devoción popular

Se explica principalmente en su figura como símbolo de las aspiraciones de generaciones de migrantes a la capital

Sarita Colonia: 100 años de devoción popular

Sarita Colonia: 100 años de devoción popular

GABRIELA MACHUCA CASTILLO

Está Sarita Colonia Zambrano y está también Sarita Colonia. Sentada en una silla de plástico y reposando sus 82 años, en su modesta casa en el Callao, a Rosa Colonia se le cruzan las dos en el corazón y la memoria. Mientras habla de su hermana, una de las santas populares más célebres del Perú, pasea la mirada por un vetusto altar que tiene armado en la sala. Allí hay cuadros del Señor de los Milagros, de la Virgen de Guadalupe, de San Martín de Porres y del Señor de la Justicia. Pero el más grande lleva impreso en blanco y negro el rostro de la chica que murió en 1940 a los 26 años, la que partiera cuando la anciana tenía solo 8. En su relato, aparece la primera Sarita, con la que convivió de pequeña en la avenida Argentina: “Ah, cómo le encantaba el ceviche, era su delicia. Del mercado venía siempre con pescado y maíz para hacer chicha. Cocinaba bien rico. Todo hacía, arroz con pollo, guisos… Lo que más recuerdo de su aspecto es su cabello. En la foto no se ve, pero le llegaba hasta la cadera. Lacio, castaño, muy hermoso”. 

Luego emerge estelarmente la segunda Sarita: la milagrosa, la protectora, la que siempre tiene fieles en su tumba; el nombre que se proclama en rezos y juramentos, y con el que se han bautizado niñas, colegios, empresas de transportes y hasta un penal; el rostro que es motivo de tatuajes y grafitis, pero también de investigaciones académicas, obras artísticas, composiciones musicales y series de televisión. La que se iconiza luego de su muerte. Doña Rosa, entonces, detalla casos de enfermedades curadas, amores o bebes imposibles, trabajos soñados, combis compradas, segundos pisos construidos, viajes en avión y muchas otras promesas cumplidas. El 1 de marzo se conmemoran 100 años del nacimiento de la mujer que se convirtió en mito, por lo que vale escrudiñar puntualmente sobre esta, su otra y, paradójicamente, más vívida existencia.

Vinculada casi siempre al culto por parte de delincuentes o mujeres y travestis que ejercen la prostitución, la fuerza de la devoción se entraña principalmente en otro fenómeno social poco difundido fuera de los foros intelectuales. “…Sarita Colonia, patrona del pobre…”, canta, bajito, Rosa, en medio de la narración. Explica que es el coro de una canción de la banda Los Mojarras. “¿Usted había escuchado esto antes…?”.

Para entender este último punto con claridad hay que ir al origen del fervor. Muy poco se sabe de ella en papeles, pese a haber vivido en pleno siglo XX. Hecho comprobado y crucial, sin embargo, es el siguiente: Sarita Colonia Zambrano no era chalaca, sino ancashina. Ella y su familia pertenecieron a la primera ola de migrantes que llegó a Lima en busca de un porvenir mejor. Se asentarían definitivamente en el Callao, donde muere, dice la partida de defunción por paludismo, dice la familia por una sobredosis involuntaria de aceite de ricino (purgante usado en la época). No pierde la vida porque se arroja al mar para salvarse de una violación, como dicta una de las tradiciones orales más propagadas.

Por carecer de recursos, a Sarita la entierran en la fosa común del antiguo cementerio Baquíjano del Callao. Su padre, don Amadeo Colonia, pondría junto al lugar una cruz con el nombre de su hija, la única referencia específica a una finadita que yaciera en esa sepultura comunal. Esta se convertiría después y por décadas en un espacio de evocación e identificación para diversos grupos de deudos provenientes del mundo popular. Y también de creyentes, pues allí se iba a orar a otros muertitos milagrosos como el soldado desconocido, fray Ceferino e Isabelita. Llegó la modernidad y con ella la edificación de cuarteles con nichos en el camposanto, por lo que la fosa se cubre.  Solo queda en pie la cruz de Sarita, quien termina por convertirse en una suerte de representante de las almas guardianas y bienhechoras que allí pasaban el descanso perpetuo. Todas las devociones, pronto, se concentrarían en ella. Para inicios de los años 70, la fama de la santita ya comenzaba a salir del puerto. La canonización extraoficial otorgada por las masas ocurre, pues, post mortem. De hecho, casi 30 años después de su último respiro, sin ningún acontecimiento heroico o milagro en particular de por medio.

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