Por José Carlos Yrigoyen

Alfredo Bryce Echenique gozó de una circunstancia que comparte con muy pocos autores nacionales: sus novelas y cuentos forman parte insoslayable de la educación sentimental de varias generaciones de peruanos, desde la publicación de sus primeras ficciones, contenidas en “Huerto cerrado” (1968) hasta la actualidad. Porque los tiempos cambian, pero Bryce queda: con conocimiento de causa puedo decir que todavía, en estas épocas deprimentes de tiktokers, therians y demás adefesios, hay chicos capaces de conmoverse con las ilusiones y frustraciones de Manolo en “Una mano en las cuerdas”, con sus pretensiones hormonales ilustradas en “El descubrimiento de América” o con el candor y asombro de Julius vagabundeando por los interminables pasadizos de su palacete de la avenida Salaverry.

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