“Un amigo bárbaro”: el adiós de Alonso Cueto a Alfredo Bryce Echenique
Un emotivo adiós a Alfredo Bryce Echenique, el escritor que hizo de la amistad un culto y del humor una forma de ternura. Sus personajes exagerados y su cervantina herencia permanecerán vivos en una obra que siempre resulta una celebración.
Querido Alfredo: el hecho de que hayas partido esta semana no debe ser un obstáculo para que sigas conversando con tus amigos y tus lectores. En realidad, sabemos que los ponías en ese altar barroco de los afectos que ha sido tu vida y tu obra. La amistad para ti era un culto. Sobre ti podría decirse lo mismo que decía Julius sobre Vilma, Arminda y Berta y otros sirvientes del palacio en “Un Mundo para Julius”: “Qué bárbaros para querer”. Sí, creo que ese podría ser un modo de referirse a todos tus personajes y a ti mismo, a lo largo de tu vida.
Querido Alfredo: el hecho de que hayas partido esta semana no debe ser un obstáculo para que sigas conversando con tus amigos y tus lectores. En realidad, sabemos que los ponías en ese altar barroco de los afectos que ha sido tu vida y tu obra. La amistad para ti era un culto. Sobre ti podría decirse lo mismo que decía Julius sobre Vilma, Arminda y Berta y otros sirvientes del palacio en “Un Mundo para Julius”: “Qué bárbaros para querer”. Sí, creo que ese podría ser un modo de referirse a todos tus personajes y a ti mismo, a lo largo de tu vida.
Porque la desmesura, el exceso, la variedad, formaron una clave de comprensión del mundo. La verdad, como lo dijiste varias veces, está en el cuarto de un niño que ha jugado con sus juguetes, antes de que su madre venga a ordenarlos. En ese desorden de la ternura y el asombro respira el humor de tus novelas. Los “soniditos del desayuno”, la “mermelada untada”, “el golpecito de la tacita”, es decir la “atmosfera tierna” que se apoderaba de la habitación que hacen que esos sonidos despierten en ellos “infinitas posibilidades de cariño” en “Un Mundo para Julius”. O esa lágrima que se abre camino “en la inesperada y repentina tristeza de Susan”. O la decisión de Bertha que justo antes de morir realiza un último gesto de sirvienta: Poner el frasco de colonia en un lugar seguro. O cuando Arminda se pierde en la Avenida Abancay y se pregunta: “Como era la ciudad, ¿no?” O cuando Carlitos comprueba que él y Natalia logran “hacer el amor y el humor al mismo tiempo”. O cuando Carlitos está sentado en el Café Dominó y ve pasar a Natalia “vestida de mucha hembra para mí, desafiante y terrible, la melena rizada al viento, toda despeinada y leona.” O cuando Manongo Sterne recibe su primer cigarrillo de Tyrone Power. O cuando Jimmy sufre en toda su inocencia el abuso de un muchacho cuyo padre es el jefe de todos. O cuando Don Fermín que tiene treinta y un bastones, con o sin estoque, se reta a sí mismo a duelo y pelea contra su propia sombra nocturna siempre pensando en la foto.
Alfredo Bryce Echenique y Alonso Cueto en la Feria del Libro de Bogotá, en 2004. (Foto: Magali del Solar/ Archivo El Comercio)
Hay tantos ejemplos de tu capacidad por asombrarte y asombrarnos, querido Alfredo. Tus personajes no tienen límite. Viven más allá de los extremos. Tu mundo no es el de Flaubert o de Balzac sino el de Sterne o Rabelais. Has sido el último escritor de una gran generación de narradores -Vargas Llosa, García Marquez-, que crearon grandes universos narrativos. Tu lugar en esa generación estuvo más cerca de Cortázar. Pusiste en duda esos vastos universos de tus antecesores al mostrar que son relativos, gracias a la ironía. Tu obra es un final cervantino a esa gran generación.
Ahora, en esta nueva vida, tus personajes se quedan con nosotros, extendidos en esas frases largas que parecen no querer abandonarlos. Los escuchamos. Los tocamos. Los queremos. Los celebramos.
Imagen de la infancia de Alfredo Bryce Echenique.
Porque escribir es un acto serio pero también es una celebración. Cuando cantabas esas habaneras (“La bella Lola”), todo era una celebración. Al contarnos tantas historias de tu juventud, también estabas celebrando. Si, tantas historias tuyas. La de un cine al que ibas en tu infancia, con un ecran viejo y pesado. Como nunca se sabía cuándo el ecran iba a desplomarse, todas las películas que se proyectaban allí eran de suspenso. La historia de un asalto que sufriste en manos de unos muchachos en Madrid, cuando les preguntaste en medio del atraco si habían leído El Quijote. La historia de una camilla de hospital en La Habana donde aterrizaste luego de que todos los cuartos del hotel estaban ocupados. Eras un contador de historias nato. No importa que no fueran reales. Eran reveladoras y divertidas. Y en todo este tiempo, en tu casa de San Isidro, rodeado de personas llenas de cariño, pudiste seguir contándolas. Al igual que tus amigos Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro, elegiste vivir en el Perú tus últimos años. Estas aquí. Tus novelas, están aquí. Qué bárbaro para querer y para escribir, querido Alfredo. Qué bárbaro para recordarte.
ObituarioReporta el fallecimiento de un individuo, repasando su vida y sus logros, las controversias en las que hubiera estado envuelto y el recuerdo de las personas que lo conocieron.