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En todas las tradiciones culturales alrededor del mundo, la presencia del agua ha sido una constante. Gran personaje líquido, aparece en los textos homéricos convertida en ese lugar de tránsito desde donde los griegos se lanzan a la conquista de Troya, y que luego Odiseo debe remontar, en su regreso a Ítaca, huyendo de la cólera de Poseidón. Para otras culturas, el agua es instrumento del castigo divino, como lo atestiguan los diluvios descritos en la Biblia y en la extraordinaria Epopeya de Gilgamesh. Es el lago Titicaca de donde emergen Manco Cápac y Mama Ocllo, fundadores del imperio inca.
En todas las tradiciones culturales alrededor del mundo, la presencia del agua ha sido una constante. Gran personaje líquido, aparece en los textos homéricos convertida en ese lugar de tránsito desde donde los griegos se lanzan a la conquista de Troya, y que luego Odiseo debe remontar, en su regreso a Ítaca, huyendo de la cólera de Poseidón. Para otras culturas, el agua es instrumento del castigo divino, como lo atestiguan los diluvios descritos en la Biblia y en la extraordinaria Epopeya de Gilgamesh. Es el lago Titicaca de donde emergen Manco Cápac y Mama Ocllo, fundadores del imperio inca.
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En una dimensión más reducida, aunque igualmente rica y fascinante, la piscina ha sido también un lugar donde el arte ha logrado legarnos piezas dignas de reconocimiento. En las ruinas de Pompeya, la erupción del Vesubio conservó para nosotros un magnífico mural donde se inmortaliza a un nadador en el acto de arrojarse a una piscina. Dos mil años más tarde, Henri Matisse, abrasado de insolación, decidió hacer una piscina personal con papel y figuras de nadadores y animales acuáticos a la que bautizó “La piscine” (1952).
Cheever nada de pecho
En el plano estrictamente literario, hay auténticas obras maestras cuyos autores han sabido bucear y sacar partido de todas las potencialidades estéticas de una piscina. Destaca John Cheever, “El Chéjov norteamericano”, con “El nadador”. Publicado en 1964 en “The New Yorker”, Cheever plasma en este relato una extraordinaria alegoría del fracaso personal en una sociedad que no perdona a los perdedores. Es domingo por la mañana y, tras una noche con amigos, Neddy Merrill, el protagonista, decide regresar a su casa a nado, atravesando las diferentes piscinas de los vecinos de su localidad. Bautiza a este peculiar recorrido acuático de 13 kilómetros como “río Lucinda”, en honor a su esposa. Saltando de piscina en piscina, descalzo y en traje de baño, se va topando con conocidos que conversan entre sí y a través de cuyos diálogos nos enteramos de aspectos inquietantes en la vida de Neddy. La travesía acaba de noche, en una casa derruida y repleta de una atmósfera onírica donde se funden, en sabias dosis, realidad e imaginación. Hay una versión cinematográfica de 1968 con el mismo título, protagonizada por uno de los galanes de la época, Burt Lancaster.
Aguas rojas
La piscina ha sido también escenario de algunas piezas magistrales de la narrativa policiaca. La prolífica Agatha Christie, cansada de asesinatos ocurridos en mansiones solitarias, trenes y habitaciones a media luz, se reta a sí misma en una novela publicada en 1946 y donde el crimen a resolver sucede en un espacio abierto. Sangre en la piscina presenta el drama del doctor John Christow, quien es asesinado en la piscina de la familia Angkatell. El famoso detective Hercule Poirot, presente en la escena del crimen, será el encargado de resolver este caso, desbaratando con su acostumbrada sagacidad una serie de pistas falsas que los propios anfitriones parecen ir colocando en el camino, con la intención de confundirlo.

Aquellos lectores que, sin salir de la temática refrescante de la piscina, prefieran una visión distinta, digamos, menos occidental de la realidad, pueden leer a la desconcertante Yoko Ogawa. Una de sus novelas más conocidas y breves, traducida al castellano como “La piscina”, nos trae la historia de Aya, una adolescente que vive en un orfanato regentado por sus propios padres. Este personaje, la única con familia dentro de un grupo de niños solos (incluyendo a una criatura menor de 2 años a quien Aya hace sufrir), se siente el ser más miserable e incomprendido de todos. Compensa ese vacío existencial acudiendo en secreto a la piscina para ver al apuesto Jun, que tiene casi su edad y de quien está obsesionada.
Un clavado local
En el Perú, la piscina también aparece en algunas obras de indudable valor. Destaca nítidamente “El descubrimiento de América”, incluido en “Huerto cerrado” (1968), libro que, como casi todos los de Alfredo Bryce, envejece igual que los buenos vinos. En este cuento, el joven protagonista, Manolo, recurre a sus dotes de seductor para llevar a la inocente América a una casa de campo en Chaclacayo y que, falsamente, presenta como suya. El clímax ocurre dentro de la piscina de la casa, donde, con monólogo interior incluido, ocurre el “descubrimiento” de América, contado con sutileza y con esa sensualidad que solo la literatura es ca
Ya sea que la propuesta consista en mostrar un drama que se erija como alegoría de una clase social, o como pieza de narrativa policiaca o de novela negra, o como ejemplo de relato con matices románticos, la piscina ha demostrado más de una vez ser una alternativa refrescante para la producción de obras artísticas de primer nivel. Desde sus siete carriles (o los que decida utilizar cada escritor en particular), este rectángulo de agua puede ser, más que un lugar, un inagotable campo de exploración de las posibilidades humanas.
“Siete carriles” es el más reciente libro de cuentos de Selenco Vega. Reúne siete relatos que funcionan como andariveles paralelos. Los personajes son personas comunes en situaciones límite que enfrentan el fracaso, la culpa o la degradación. Todos avanzamos por carriles separados, compartiendo frustraciones en silencio.

“Siete carriles”
Autor: Selenco Vega Jácome
Editorial: Random House
Año: 2026
Páginas: 164
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