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"Travestir", la columna de esta semana de Marco Aurelio Denegri

El polígrafo escribe sobre el uso del verbo "travestir" y de famosos "travestistas" en "El ojo de Lima", su columna en el diario "El Comercio"

Marco Aurelio Denegri

Marco Aurelio Denegri. (Foto: El Comercio)

Verbo transitivo que se usa más como pronominal. Significa vestir a una persona con la ropa del otro sexo. Travestido es el que se viste así. Es más usual, en jerga sexológica, el vocablo travestista. Lo corriente era antes transvestista y trasvestista. Hoy se dice, además, travesti.

Travestista fue, por ejemplo, en el siglo XVIII, el gobernador de Nueva York, Lord Cornbury, que por el indumento y afeites parecía más bien gobernadora.

Por haber sido travestista conspicuo el caballero de Eon, se decía antiguamente eonismo por travestismo. Casanova conoció a dicho personaje en la casa del conde de Guerchi, embajador de Francia.

«Este caballero de Eon –dice Casanova– era una hermosa mujer que antes de entrar en la diplomacia había sido abogado y capitán de dragones; había servido a Luis XV como soldado valiente y como negociador consumado. A pesar de su genio y de su varonil aspecto, no tardé un cuarto de hora en reconocerle como mujer, porque su voz era demasiado denunciadora y sus formas demasiado redondeadas para hombre, sin contar su falta de barba, que puede ser una falta accidental en un hombre bien constituido.» (Jacobo Casanova, Memorias. México, Compañía General de Ediciones, 1967, II, 572.)

Las manifestaciones intersexuales del caballero de Eon confundieron al de Seingalt, que supuso estar frente a una mujer. Mas no lo era. La autopsia reveló la varonía esencial de Charles Geneviève, chevalier d’Eon de Beaumont, hijo de Louis d’Eon de Beaumont. Había nacido en 1728, en el pueblo burgundiano de Tonnerre. Murió en Londres, en 1810.

—Libro clásico —
"Clásico es aquel libro [dice Borges] que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término. Previsiblemente, esas decisiones varían. Para los alemanes y austríacos, el Fausto es una obra genial; para otros, una de las más famosas formas del tedio, como el segundo Paraíso de Milton o la obra de Rabelais. Libros como el de Job, La Divina Comedia, Macbeth y, para mí, algunas de las sagas del Norte, prometen una larga inmortalidad, pero nada sabemos del porvenir, salvo que diferirá del presente. Una preferencia bien puede ser una superstición".

“Clásico no es un libro (lo repito) que necesariamente posee tales o cuales méritos; es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad.”
(Jorge Luis Borges, “Sobre los clásicos”. Sur, 1966, N° 298-299, 4.)


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