"Éramos mentirosos": crítica al libro de E. Lockhart
"Éramos mentirosos": crítica al libro de E. Lockhart

Sin duda la literatura norteamericana ejerce una inf luencia en el resto del orbe. Me refiero al ejercicio de fuegos interiores y no a la producción en masa de 'best sellers' pasteurizados. La genera vía autores que suelen ubicarse un paso más allá de las convenciones, como Pynchon y, actualmente, DeLillo o McCarthy. Apoyados en un sistema editorial gigantesco y con soportes de difusión, los reales creadores gozan de visibilidad. Siempre habrá espacio en aquel mundo –incluso para los productos de cuestionable calidad y gran consumo, cual comida chatarra–.

Resulta aventurado sostener que E. Lockhart, autora de “Éramos mentirosos”, esté llamada a ser la pionera de una inédita forma de construir novelas engañosamente etiquetadas con el membrete “juveniles”. Aun así, es innegable que sus planteamientos delatan algunos conceptos de los autores volcados hoy a este género en Estados Unidos. Las diferencias con lo que en nuestros predios se entiende por dicho apartado se patentizan.

E. Lockhart efectúa una radiografía durísima de una familia neoyorquina de antiguas raíces, cuya cabeza es el abuelo viudo, Sinclair. Patriarca poderoso, dueño de extensas propiedades, se ha dado el lujo de asignar a cada una de sus hijas –que compiten en ser más fracasada que la otra en sus relaciones de pareja– una residencia muy confortable en Bechwood, una paradisíaca isla.

En este entorno de microcomarcas –cotos de princesas en declive–, se ha forjado una especie de comunidad entre Cadence, nieta adolescente que narra la historia, sus primos hermanos y Gat, un muchacho con el que han crecido en jornadas veraniegas, vinculado al clan como hijo del novio sin dinero de una de las alcoholizadas Sinclair. Trigueño, de orígenes indios, está integrado al núcleo caucásico y anglosajón.

Sin embargo, sus orígenes parecen ser causa de una baja autoestima. Todos son muy hábiles en el oficio de la mitomanía. El tono se asemeja a un diario en el que a través de fragmentos de estilo descarnado y escéptico –traducción del hastío ante las inocultables taras adultas– Caddie Sinclair revela el mundo de tortuosas apariencias en el que vive, a partir de los designios de la estirpe: ser modélicos y perfectos.

La historia dista mucho de las concesiones en las que muchas de estas obras suelen precipitarse a la búsqueda del final feliz o conciliador y hasta moralizante. Tampoco es una cumbre que pueda equipararse a “El guardián en el centeno”, de Salinger. Se trata, en cualquier caso, de la pérdida de la inocencia en el seno de un grupo privilegiado cuyo destino está marcado por un sino trágico e imprevisible, aunque contado en una clave ambigua que al final obligará a reformular la lectura. La solvencia de escritora profesional de E. Lockhart reluce. Y la sinceridad es su divisa.

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