El caso del asesinato del cantante Paul Flores conmocionó a un país que vive una fuerte ola de crímenes. (Foto: Difusión)
El caso del asesinato del cantante Paul Flores conmocionó a un país que vive una fuerte ola de crímenes. (Foto: Difusión)
Por Francisco Melgar Wong

La crisis de inseguridad en el Perú llegó a su punto de quiebre el pasado 16 de marzo no con el secuestro de un empresario ni con la detonación de una carga de dinamita en la puerta de un colegio, sino con una tragedia vinculada al mundo de la música popular. Como un golpe en la cara de todos los que minimizan al arte como un tema menor en el quehacer nacional, el asesinato de Paul Flores, cantante de la orquesta de cumbia Armonía 10, demostró que cuando la economía no basta y la política no sirve, el arte –la música, en este caso– puede tocar, conmover y unir a los peruanos cuando más lo necesitamos.

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