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Las letras que sobran, por Elder Cuevas-Calderón

“Pareciera que la tendencia habitual es circunscribir al lenguaje inclusivo a una mera reforma lingüística”.

Elder Cuevas-Calderón Docente e investigador de la Universidad de Lima

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"El lenguaje inclusivo emplea los accidentes, quiebres, rupturas para examinar la naturalización de ciertos lugares colonizados por grupos hegemónicos". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Padre e hijo viajan por la carretera. Sufren un grave accidente. El padre muere y el hijo moribundo es llevado ante una eminencia médica para que salve su vida; sin embargo, al entrar al quirófano, dicha eminencia sostiene que no puede operar, ya que el moribundo es su hijo. ¿Cómo es posible si el padre murió en el accidente? ¿Puede ser que tuviese dos padres? ¿O que apareciera su verdadero padre? Lejos de ser una pregunta capciosa o la trama de una telenovela, la respuesta es simple: la eminencia médica es su madre. Ahora bien, es momento de preguntarnos: ¿por qué pensar en giros dramáticos complejos si la respuesta es evidente? Este acertijo publicado por la BBC nos servirá de modelo y metáfora para colocar una pregunta fundamental: ¿por qué el lenguaje inclusivo inscribe su lucha en y desde el lenguaje?

(Mal)interpretado en muchos casos, pareciera que la tendencia habitual es circunscribir al lenguaje inclusivo a una mera reforma lingüística, en donde, el reemplazo de una letra por otra, bastaría para su causa (dándole la tónica de capricho o moda) incluso tildando de aberrante o de desquiciado a quien lo emplee. Si algo nos ha enseñado la filosofía, es que el lenguaje está muy lejos de ser un objeto que dona nombres. Cada vez que lo hace, establece relaciones, delimita lo prioritario, pero principalmente esencializa, fija, y legitima lo que bautiza. Así al invocar una eminencia, es por efecto del uso naturalizado del lenguaje que nuestro referente inmediato sea un médico hombre y no mujer; que para resolver el acertijo, el promedio de las personas, pensara en proponer un nuevo padre, dejando de lado la respuesta más evidente, la madre.

Si el lenguaje no es solo un juego de nominalizaciones o de “correctas” conjugaciones, ¿qué nos propone reemplazar una “e” o una “x” por una “o” o una “a” al final de las palabras? Hagamos un paralelo. ¿Por qué César Vallejo en el poema Pedro Rojas, escribe “¡Abisa a todos los compañeros pronto!”? ¿Qué nos dice esa “b”? En principio, hace que el lector dirija su mirada a esa palabra, que en el accidente ortográfico evidencie la voz del subalterno, y a su vez la desesperación por ser escuchado, en un espacio en donde, su mera pronunciación, lo coloca en el lugar del ignorante, errado, aberrante o desquiciado. Ese “abisa” es una provocación abierta, un cortocircuito a lo convencional, que lejos de ser un capricho del poeta, es un acento que exige al lector a examinar las implicancias de la palabra. Así con una sola letra, Vallejo da voz al poblador común, invisibilizado, y que exige su derecho a ser tomado en cuenta.

Precisamente el lenguaje inclusivo adquiere su potencia, al igual que el poema de Vallejo, en remarcar –a partir del lenguaje– un cortocircuito en los lugares en donde existe una respuesta orgánica e incluso “desinteresada”. De tal forma que es fundamental interpretar al lenguaje inclusivo como una tecnología política (para dirimir cuestiones públicas), y no una discusión metafísica (para endulzar las tertulias), una problematización que apela a devolver derechos, proponer un espacio horizontal, y no al presunto intercambio (azaroso) de letras como si fuera esta su teleología. Por el contrario, el lenguaje inclusivo emplea los accidentes, quiebres, rupturas para examinar la naturalización de ciertos lugares colonizados por grupos hegemónicos.

Por eso cuando se trata de deslegitimar al lenguaje inclusivo, apelando a que ni siquiera en lenguas en donde el género es indeterminado (el árabe o el inglés) las sociedades no son más abiertas, se pierde el foco de esta lucha, ya que esta no pasa por agregar letras aleatorias sino por hacer que cuando el acertijo mencionado, aparezca en nuestra vida cotidiana, exista dentro del abanico de respuestas evidentes, el lugar de alguien que ha sido excluido.

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