Nuestra historia reciente es, así, la mejor demostración de lo que un modelo puede producir, o destruir. A diferencia de los ochenta, no obstante, la monumental caída de este año no tiene a un modelo detrás como factor explicativo; y por dura que sea la misma, una rápida recuperación es posible si trabajamos con responsabilidad y ecuanimidad.
Nuestras bases estructurales son sólidas: una de las tasas más bajas de inflación, una economía abierta al mundo, reservas importantes y una regla fiscal que nos obliga a ser responsables con las generaciones futuras. Ningún desajuste a cualquiera de estas variables generaría una menor caída del PBI o aceleraría la recuperación pospandemia. Por el contrario: relajar la responsabilidad fiscal o monetaria, cerrar las fronteras y proteger la industria local, o despilfarrar las reservas (que brindan mayor estabilidad a nuestra moneda y finanzas), sin duda nos impactaría negativamente cuando se recupere la economía global a partir del próximo año.
Tomando esta sólida estructura, la pregunta es: ¿por dónde apalancar la recuperación de nuestra fibra económica cuando sea sanitariamente posible?
Dos vectores se presentan como obvios. El primero, la recuperación de la inversión privada. Si bien es cierto que la inversión y el gasto público se podrían reactivar de manera más rápida, no es comparable al peso de la inversión privada (cerca de 80% de la inversión total). ¿Qué necesita el empresario, grande y chico, para apostar en el Perú? Ante todo, predictibilidad y estabilidad. De ahí que sea tan importante la toma de decisiones del Ejecutivo y del Legislativo en este contexto. Si quisiéramos ser aún más agresivos, se podrían promover medidas excepcionales, como el uso de instrumentos tributarios, préstamos blandos, estabilidad jurídica, entre otros. El Perú ha sido, hasta hace muy poco, uno de los países más atractivos en la región; hemos perdido un poco de dicha ventaja, lamentablemente, por la inestabilidad política, la corrupción y el creciente populismo.
El segundo camino a la rápida recuperación pasa por un serio ajuste en la legislación laboral (desfasada con miras al siglo XXI). Teniendo en cuenta la altísima informalidad de nuestra población activa (entre 75% y 80%), es imperativo estructurar un plan de recuperación del mercado laboral. Esto pasa por establecer un programa de beneficios que incentive la demanda formal de trabajo; de no hacer nada, las empresas semiformales (la gran mayoría) apostarán por la informalidad para salir de la crisis.
El Perú tiene que recuperar el paso perdido lo antes posible. No solo para mejorar los sostenes sociales, sino también para asegurarle a las próximas generaciones un futuro mejor.