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Estándares 2019, por José Ugaz

“Hay quienes se sienten por encima de la ley y, como se los permitimos, contagian el mal ejemplo”.

José Ugaz Abogado

Tazza

“Se ha convertido casi en un signo de los tiempos la constante irrupción de escándalos de todo tipo”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

Actuar con transparencia e integridad como condición para el adecuado ejercicio de la función pública parece casi una obviedad, pues todos esperamos que quienes nos representan como autoridades hayan llegado allí para servir al bien común y dar ejemplo de liderazgo ético, haciendo gala de valores como la honestidad, solidaridad y sentido de la justicia. Sin embargo, en los últimos tiempos, esto ya no resulta tan obvio.

Se ha convertido casi en un signo de los tiempos la constante irrupción de escándalos de todo tipo que involucran a autoridades, políticos y empresarios, a los que, sin embargo, no les sube la sangre a la cara ni se le encienden los cachetes cuando son sorprendidos en faltas in fraganti.

Se trata de casos tan groseros que no solo expresan una chabacanería que parecería impresa en el ADN de sus autores, sino que cada vez con mayor frecuencia, tipifican hechos criminales sancionados en el Código Penal.

Por eso, ahora que empieza el 2019 –curiosamente Año del Cerdo según el calendario chino–, a fin de evitar futuras “chanchadas”, resulta pertinente repasar cuáles son los estándares que rigen la conducta de algunos funcionarios públicos en países del primer mundo.

Vale la pena recordar el “affaire Toblerone”, llamado así en homenaje al famoso chocolate del mismo nombre. Resulta que la viceprimera ministra sueca Mona Sahlin, política de destacada trayectoria y aspirante al premierato, decidió comprar con la tarjeta que se le había asignado para gastos oficiales, dos barras de chocolate Toblerone y un vestido, gastando 35,12 euros (S/134 soles) del presupuesto sueco. Descubierto el gasto personal con recursos públicos, renunció de inmediato al puesto y a sus pretensiones futuras para la política.

Otro caso digno de resaltar es el del ministro británico de energía Chris Huhne, quien en el año 2003 fue detectado conduciendo su vehículo a exceso de velocidad. En lugar de aceptar su culpa y pagar la multa por haber violado una regla de tránsito, mintió, afirmando que quien conducía el auto era su mujer. Descubierta la mentira, dimitió en el acto.

Resulta interesante también el caso del ministro de Relaciones Exteriores de Japón, Seiji Maehara, quien renunció al cargo tan pronto se supo que había recibido una donación de 50.000 yenes (S/1.717) de una mujer surcoreana residente en Japón (recibir donaciones de ciudadanos extranjeros para la política está prohibido en ese país).

Como en todas partes se cuecen habas, uno puede concluir que funcionarios incorrectos existen en todo el mundo. Eso es cierto e inevitable dada la condición humana. Pero cuando esas irregularidades son descubiertas en países civilizados, se generan las consecuencias esperables: el infractor reconoce su culpa, se aparta del cargo y es investigado.

En el Perú, sin embargo, como “solo se cuecen habas”, según César Moro, nadie reconoce su culpa ni, por supuesto, renuncia a su función.

Pruebas al canto: i) la cantidad de congresistas que son descubiertos al haber falseado sus currículos y certificados de estudios, quienes no solo insisten groseramente en su mentira, sino que son protegidos por la Comisión de Ética del Congreso (¡sí, ética!). Se mantienen en su cargos y siguen cobrando su sueldo del presupuesto de la nación a la que le han mentido; ii) el congresista flagrantemente sorprendido manoseando a una mujer, miente arteramente pese a la abundante prueba que lo sepulta, y no solo no es desaforado en el acto, sino que se le permite insultar al país burlándose en redes sociales de su mano faltosa; iii) el fiscal de la Nación, que como nadie antes ha logrado unificar el repudio nacional bajo cargos de estar vinculado a una organización criminal, haber truqueado sus calificaciones, mentir e intentar sabotear el proceso anticorrupción, sigue en el puesto apoyado por la bancada mayoritaria, proclamando que es víctima de una confabulación por su compromiso contra la corrupción.

La falta de espacio de esta columna impide seguir con un largo etcétera. ¿Qué nos diferencia a los peruanos de los suecos, británicos o japoneses? En esencia una inaceptable tolerancia a lo indebido, lo ilegal, lo inmoral. No es resultado de una inferioridad racial ni cultural, es simplemente que nos hemos ido resignando a seguir bajando la barra de nuestros estándares éticos con el banal argumento de que “así es el Perú, hermanito”, “esto no lo cambia nadie”, etc.

¿Y la gran cantidad de peruanos que se desloman por trabajar honestamente, cumplir con las reglas y pagar sus impuestos? ¿Por qué algunos pueden comportarse como ciudadanos responsables y otros no?

Porque hay quienes se sienten por encima de la ley y, como se los permitimos, contagian el mal ejemplo.

Es tiempo de elevar nuestros estándares, recuperar la dignidad nacional y apostar a que este 2019 sea el año del cambio para terminar con esta tolerancia cínica que no nos permite despegar como nos merecemos hace mucho tiempo.

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