Una amenaza silenciosa empieza a tomar forma en el Perú, aunque todavía no ocupa el centro del debate público. No se ve —por ahora— en sobredosis masivas ni en hospitales colapsados, pero ya se instala en un punto crítico del sistema. El control de medicamentos. El fentanilo y la ketamina, esenciales en la práctica médica, empiezan a mostrar señales de desvío hacia circuitos ilegales en Lima.
La advertencia no es especulación. Se basa en una investigación reciente de CEDRO, realizada con el auspicio de la Oficina de Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley, INL. El mensaje es claro. El país ya tiene condiciones que, en otros lugares, abrieron la puerta a la expansión de drogas sintéticas de alto riesgo.
El problema no está en el narcotráfico clásico. Está más cerca. El fentanilo entra legalmente, pasa por droguerías y llega a hospitales para su uso bajo receta especial. La ketamina sigue una ruta similar. Pero algo se rompe al final de la cadena, justo donde el producto se manipula. Allí aparecen pequeñas sustracciones, controles irregulares y poca supervisión. Es suficiente para que ampollas de uso médico terminen en el mercado ilegal.
El estudio deja varias señales que no deberían ignorarse. En muchos casos no se exige receta especial. Se compran volúmenes por encima de lo necesario y el control se diluye una vez que los medicamentos salen del circuito formal. También hay un punto más delicado. Algunos testimonios dan cuenta de personal de salud que ha desarrollado dependencia. La cercanía constante al fármaco y el acceso directo se convierten en un riesgo que el sistema aún no enfrenta.
Lo que viene ocurriendo refuerza la preocupación. En Lima ya se han intervenido laboratorios clandestinos con grandes cantidades de MDMA, ketamina y otras sustancias. Esto no es menor. Indica que el país empieza a desarrollar capacidad local para producir drogas sintéticas.
A eso se suma un problema legal. El fentanilo ya está tipificado penalmente, pero la ketamina no. Esa diferencia abre un espacio que facilita su circulación y su posible salida hacia otros países donde sí está regulada.
Aquí no se trata de una sola droga. Se trata de un sistema que muestra debilidades en varios frentes. Controles que no siempre funcionan, normas incompletas y una respuesta que llega tarde.
Todavía hay margen para actuar. Pero eso implica tomar decisiones ahora. Fortalecer el control en la cadena de medicamentos, cerrar vacíos legales y mirar de frente un problema que ya empezó.
Ignorar estas señales sería un error conocido. La pregunta ya no es si el riesgo existe, sino si vamos a reaccionar a tiempo.
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