Un golpe de Estado no es una epopeya heroica. México no es Ítaca, Pedro Castillo no es Odiseo y Balcázar dista mucho de ser un olímpico Zeus capaz de indultarlo con un rayo salvador. Las narrativas construyen percepciones, y estas, con frecuencia, terminan imponiéndose sobre la realidad. Los engañosos cantos de sirenas –y también de varios sirenos– que reclaman una gracia presidencial en los últimos días de gobierno suenan cada vez con más fuerza.
Un golpe de Estado no es una epopeya heroica. México no es Ítaca, Pedro Castillo no es Odiseo y Balcázar dista mucho de ser un olímpico Zeus capaz de indultarlo con un rayo salvador. Las narrativas construyen percepciones, y estas, con frecuencia, terminan imponiéndose sobre la realidad. Los engañosos cantos de sirenas –y también de varios sirenos– que reclaman una gracia presidencial en los últimos días de gobierno suenan cada vez con más fuerza.
Castillo no es un héroe impedido de regresar a casa por la ira de los todopoderosos a los que desafió. Es un expresidente condenado en primera instancia por el Poder Judicial, por intentar dar un golpe de Estado. A diferencia del personaje de Homero y del de la película de Nolan, careció de la sagacidad y el valor necesarios para enfrentar los procesos por corrupción que se le venían encima. Acorralado por las denuncias, optó por anunciar el quiebre del orden constitucional, el cierre del Congreso, la intervención en el sistema de justicia y la instalación de un gobierno de excepción. No naufragó por la voluntad de deidades malignas, sino por su propia decisión. Un atentado contra la institucionalidad no puede terminar relativizado y convertido en un relato épico cuando lo que hay detrás, en realidad, son intereses políticos.
Muchos promotores de su excarcelación calculan que, con Castillo en libertad, la oposición contaría con un líder visible capaz de complicarle la vida al próximo gobierno, pues Roberto Sánchez no da la talla. Olvidan que el recluso de Barbadillo podría ser indultado por su fallido golpe de Estado, pero aún enfrenta procesos por corrupción que lo llevarían a elegir un cómodo exilio dorado en el país del norte.
Un director de cine puede alterar un mito en busca de efectos artísticos. En una democracia no se puede reescribir la realidad para ajustarla al libreto de un sector interesado. En el debate público necesitamos menos mitología y más memoria.