La inteligencia artificial (IA) está transformando nuestra manera de aprender, trabajar y relacionarnos con el conocimiento. Lo hace a una velocidad que desafía a los sistemas educativos. Pero, en el Perú, esta revolución plantea una pregunta incómoda: ¿cómo preparar a nuestros estudiantes para el futuro cuando todavía no garantizamos los aprendizajes fundamentales del presente?
Mientras algunos jóvenes utilizan estas herramientas para investigar, crear y resolver problemas, otros tienen dificultades para comprender lo que leen, razonar matemáticamente o acceder a internet. No partimos del mismo lugar. Según PISA 2022, apenas el 34% de los estudiantes peruanos de quince años alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemática y solo el 50% en lectura. Son resultados que nos obligan a mirar con seriedad las brechas existentes. Y, si no actuamos, una tecnología capaz de ampliar oportunidades podría profundizarlas.
Sería un error plantear esta discusión como una elección entre enseñar a leer y enseñar a utilizar inteligencia artificial. Necesitamos ambas cosas. Sin comprensión lectora, pensamiento matemático y capacidad de análisis, los estudiantes difícilmente podrán identificar sesgos, reconocer errores o cuestionar respuestas presentadas con aparente seguridad. La IA no vuelve innecesarios esos aprendizajes: los hace más urgentes.
La historia ofrece algunas lecciones. La aparición del libro impreso no hizo menos sabios a quienes buscaban conocimiento, como tampoco la calculadora nos hizo menos capaces de razonar matemáticamente. Ambas herramientas ampliaron nuestras posibilidades, pero ninguna reemplazó la necesidad de comprender, interpretar y pensar. Con la inteligencia artificial ocurre algo similar: su valor no está en que piense por nosotros, sino en que nos ayude a pensar mejor.
Tampoco basta con añadir contenidos digitales al currículo o repartir computadoras. Ya hemos aprendido que anunciar recursos no equivale a mejorar resultados. Debemos preguntarnos qué queremos que aprendan nuestros estudiantes, cómo los acompañaremos y cómo evaluaremos sus avances. La tecnología debe estar al servicio de un propósito pedagógico, no convertirse en un fin en sí misma.
En este desafío, los docentes son decisivos. Una herramienta puede ayudar a preparar materiales, adaptar actividades o identificar dificultades, pero no reemplaza el criterio profesional de quien conoce a sus estudiantes y comprende su contexto. Necesitamos invertir en formación inicial y continua, acompañamiento pedagógico y tiempo para experimentar.
Las familias también tienen una responsabilidad. Acompañar el uso de estas herramientas no significa prohibirlas por temor, sino conversar sobre sus límites, proteger la privacidad y enseñar honestidad académica. Aprender exige esfuerzo propio, incluso cuando una máquina puede hacer la tarea por nosotros.
La inteligencia artificial también modifica las competencias valoradas en el trabajo. Si solo algunos jóvenes aprenden a utilizarla críticamente, crecerán las distancias en el acceso a empleos de calidad. La respuesta debe conectar educación básica, formación técnica, universidades y aprendizaje a lo largo de la vida.
El Estado necesita una agenda con prioridades, recursos y metas verificables, junto con empresas e instituciones educativas. Debemos empezar por quienes enfrentan mayores barreras: estudiantes rurales, familias de menores ingresos y escuelas con menos recursos. La equidad no puede ser una consideración posterior.
Como educadora, sé que enseñar no consiste únicamente en transmitir respuestas. Es acompañar a nuestros estudiantes a formular preguntas, contrastar evidencias, pensar con autonomía y actuar con sentido ético. No podemos esperar a resolver todas nuestras deudas educativas para incorporar la inteligencia artificial, pero tampoco usar su novedad para olvidarlas. El verdadero progreso será lograr que más estudiantes puedan aprender, decidir y construir su futuro con ella. Ese debe ser nuestro compromiso educativo.
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