Estamos solos

“En medio de tanto dolor e impotencia, porque tuvimos los recursos para que esto no ocurriera, aparecen historias entrañables como la del niño rescatado del lodo por un vecino valiente y caritativo que nos devuelve la esperanza en nuestra humanidad”.

    Carmen McEvoy
    Por

    Historiadora

    (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
    (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
    / Víctor Aguilar Rúa

    La administración político-militar de la Guerra del Pacífico, que concluyó con la amputación territorial de Tarapacá seguida del cautiverio de Tacna y Arica que también perdimos, fue un verdadero desastre. Por un lado, la guerra empezó con un presidente, Mariano Ignacio Prado, que salió entre gallos y a medianoche a comprar barcos y concluyó, si tomamos en cuenta la ocupación, con un golpista consuetudinario, , cuya única preocupación fue colocar a sus allegados en el gobierno y mantenerse en el poder. Manuel Atanasio Fuentes, quien emitió una serie de juicios lapidarios contra el breve régimen, de “farsas y bromas”, en el que se crearon innecesarias jefaturas político-militares, pero también legiones de mérito, míticas ciudades como “Ciudadela Piérola” da cuenta de la ineptitud y la degradación de la clase política peruana. El enmascaramiento, con imágenes quiméricas, de una realidad a todas luces inmanejable, se combinó con la religión, el relajo, la corrupción y la fe en una victoria imposible sobre un invasor que a pesar de tener un estado débil contó con burocracias entrenadas y una misión clara: vencer y anexarse las riquísimas salitreras de Tarapacá de las cuales dependía su sobrevivencia.

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