Imagínense estar navegando por el océano en pleno siglo XVII y divisar un barco a lo lejos que comienza a acercarse. Solo cuando la proximidad es corta, repentinamente aquella nave iza una bandera negra adornada por una calavera con sonrisa inoportuna y dos tibias cruzadas. Ya es muy tarde, el capitán pirata acaba de anunciarse y ha advertido que es mejor rendirse; la mala fama lo precede: cualquier resistencia es fútil.
Los piratas han poblado nuestra imaginación, puesto que, si bien eran unos forajidos, las posteriores lecturas románticas los han visto como unos aventureros libres a su suerte, sin bandera y desafiantes al sistema. Emilio Salgari nos deslumbró con la caballerosidad del Corsario Negro y la audacia de Sandokan. El paradójico camino de conversión en pirata del capitán Blood escrito por Rafael Sabatini llegó a las pantallas de la mano de Errol Flynn. En el siglo XIX, el poeta español José Espronceda resumió en un verso de su “Canción del pirata” el ideal que proyectábamos de esa imagen de libertad contracorriente que dábamos a esos míticos bucaneros: “Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad; mi ley, la fuerza, y el viento, mi única patria la mar”.
La bandera pirata ha reaparecido, premunida de un sombrero de paja en una pléyade de protestas juveniles que trazan una línea que da la vuelta al mundo, Nepal, Indonesia, Francia y el Perú. En este caso, la bandera viene de la historieta japonesa o manga “One Piece”, escrita por Eiichiro Oda, que narra las aventuras del capitán pirata Monkey D. Luffy y su tripulación de piratas de sombrero de paja en la búsqueda del tesoro denominado “One Piece” en un ciclo de aventuras que los lleva entre otras cosas a confrontar tiranos opulentos y abusivos.
Estamos ante un caso en que la cultura popular articula un discurso global que puede ser apropiado de muchas formas. El querido discurso del anime y el manga japonés todavía está inmune a las críticas que reciben las producciones estadounidenses acusadas siempre de alienantes y capitalistas.
Una bandera proveniente de las canteras de la cultura popular es capaz de unir diferentes discursos de diferentes partes del mundo. Lo que sí queda claro es que los jóvenes no quieren adherirse a una bandera política o a un partido político, o ser parte de una ideología estricta. Menos aún, sentirse subordinados a un Estado, sino opuestos al mismo. Lo común es el hartazgo contra la corrupción y el abuso de poder que parece ser el enemigo común en el mundo.
La calle ha mostrado ser un espacio importante de protesta y las autoridades han demostrado estar más preocupadas por el voto que por el bienestar. El poder retrocede en sus decisiones no sin antes reprimir, de una manera que es particularmente brutal y preocupante en este período gubernamental.
Se acercan nuevas elecciones, es bueno ver a la juventud en acción política, pero la acción es de todas las generaciones. La idea es que para el siguiente período no tengamos que ser piratas, sino que todos podamos remar en el mismo barco y que haya lo que nos ha faltado desde hace demasiado tiempo: una concertación. Tal vez la irrupción de una bandera pirata perteneciente a la cultura popular que ha unificado a tantos jóvenes a escala mundial esté anunciando en cierto modo el final de cierto tipo de banderas, un final anunciado hace ya mucho tiempo; es decir, la culminación del tiempo en que marchábamos por ideas que separan: ahora buscamos ideas que unen. Ojalá la democracia nos encuentre unidos y listos para el abordaje.
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