El odioso mensajero

César Acuña culpa a los medios de la crisis política generada en torno a la elección de Alejandro Soto.

    Editorial El Comercio
    Por

    de El Comercio

    Cuenta Plutarco en sus “Vidas paralelas” que el rey Tigranes de Armenia mandó cortar la cabeza del mensajero que le trajo la noticia de que el cónsul Lúculo y las fuerzas romanas habían llegado a sus territorios con el claro propósito de derrotarlo en batalla y someterlo (cosa que, en efecto, sucedió). El supuesto episodio se remonta al 69 a.C., pero desde entonces ha conocido infinitas réplicas y variantes, al punto de dar nombre a una práctica común entre los que son o se sienten poderosos. Con el paso de los siglos, claro, ya nadie mata literalmente al portador de malas nuevas, pero sí tiende a responsabilizarlo de ellas, a pesar de lo absurdo que tal comportamiento resulta. Acaso la explicación radique en lo que Sigmund Freud sugiere al respecto: que se trata de una forma de lidiar con lo insoportable.

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