El 9 de abril, el candidato a senador por Juntos por el Perú (JP), Dante Castro, participaba en una caravana proselitista por el Callao y cayó de la tolva de la camioneta en la que iba. El fuerte golpe lo dejó inconsciente. La caravana, sin embargo, apenas detuvo su marcha por unos minutos y luego continuó como si no hubiera sucedido gran cosa. A Castro solo lo auxiliaron los vecinos del lugar y un compañero de empeños políticos. Falleció cuatro días después en el Hospital Nacional Daniel Alcides Carrión, y su familia ha dado testimonio de la indolencia que el partido por el que postulaba, y particularmente el aspirante presidencial Roberto Sánchez, mostraron frente al drama que estaban viviendo.
Desde JP recién se interesaron por el accidente al día siguiente, y aunque Sánchez se apareció esa noche por el hospital, lo único que hizo fue gestionar una liturgia. Se negó y, según testimonio de la hija de Castro, María Fernanda, sigue negándose a proporcionar el nombre del conductor y la placa del vehículo del que cayó su padre, lo que impidió que se activara oportunamente el SOAT. Tampoco ofreció la asesoría legal que se habría esperado. La dirigencia del partido asistió finalmente al entierro y lo que pidió fue un espacio para dar un discurso… En una carta firmada por María Fernanda, que trabaja en el Grupo El Comercio, publicada el domingo, ella se pregunta acerca de Sánchez: “Si no es capaz de hacer lo justo por una persona que compartía sus filas, ¿qué puede esperar el ciudadano común [si es que llegara a la presidencia]?”. Y dice también: “Cuando los discursos de justicia social no se acompañan con actos consecuentes ante la tragedia, algo está podrido”.
De los dobleces morales de la personalidad de Roberto Sánchez ya estábamos enterados. Yehude Simon ha contado cómo le robó el partido y lo ha caracterizado como traidor peor que Judas. Su afán por aliarse con un asesino de policías que alaba a Sendero Luminoso –Antauro Humala– habla de su falta de escrúpulos. Y su mimetización con el golpista Pedro Castillo, al que no intentó salvar de la vacancia durante la votación en el Congreso, lo pinta como el oportunista que es. El sombrero que se cala en la cabeza para tal fin, sin embargo, no proyecta sobre él la sombra suficiente para ocultar su catadura ética. Lo sucedido con el candidato Dante Castro no deja margen de duda al respecto.