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El falso galán, por Carlos Meléndez

“No le otorguemos a un modelo de dos cámaras virtudes que no cumplirá”.

Carlos Meléndez Politólogo

Congreso

"El presidente Vizcarra ha planteado la necesidad de revisar la conformación del Legislativo, sugiriendo un diseño bicameral". (Foto: Congreso)

Difusión

Los escándalos en torno a algunos legisladores, que han ocupado las primeras planas en las últimas semanas, nos muestran que aun los más denodados esfuerzos son insuficientes para reclutar una renovada clase política, pues las previsiones son inocuas a la infiltración de oportunistas. El propio fujimorismo acusa recibo de las fallas del sistema, el mismo que permitió que alcanzara su amplia mayoría congresal, pero también que se eligiera a congresistas que no son materia de orgullo. Ante esta situación, existen sobrados motivos para un acuerdo político entre Legislativo y Ejecutivo, con miras a una reforma sustantiva del sistema de representación del poder. Sin embargo, por enésima vez, políticos y especialistas se desuellan entre sí por un prejuicio del siglo pasado: las exacerbadas promesas de la bicameralidad

En esta oportunidad, la iniciativa de reforma política proviene del Ejecutivo y gira en torno al Congreso. El presidente Vizcarra ha planteado la necesidad de revisar la conformación del Legislativo, sugiriendo un diseño bicameral. Las voces de apoyo reiteran, empero, un falso sentido común: la “superioridad” del modelo de dos cámaras. Reincidiendo en tal prejuicio politológico del siglo XX, algunos reformólogos obvian que ni los mejores ingenieros constitucionalistas pueden construir instituciones sin conocer el suelo donde se erigirán. Los lobbistas del –mal llamado– “retorno a la bicameralidad”, ya alucinan el número de escaños y pisos del edificio congresal, sin observar que la arena política peruana es movediza.  

Una modificación constitucional que se funda en la “importancia de la bicameralidad” resulta tautológica, pues reitera la fórmula necia de reformar por reformar. Asimismo, un cambio de tamaña envergadura requiere de objetivos claros, marcados –es el caso– por la triada que hunde al país: informalidad, conflictividad social y corrupción. La normalización del tratamiento de sendos males –objetivos ulteriores de la reforma– demanda de visiones múltiples, de saberes sociológicos. Por ello, el debate sobre el diseño del Legislativo ha de supeditarse a otro más fundamental: al de las jurisdicciones electorales. Como otras veces, insisto en renovar nuestra geografía electoral basándonos en clústers económicos. La idea es sencilla: otorgarle representación política a estos ejes dinámicos de la economía y de la sociedad peruana. Esta reestructuración del núcleo de la representación impone la urgencia, a su vez, de renovar los patrones de carrera política, el asentamiento local de los partidos, los mecanismos de rendición de cuentas a los ciudadanos, etc. Así, el debate sobre la elección de los legisladores es una arista más, sujeta a la matriz de repensar la representación territorial.

Vender el sistema unicameral como “causa” de nuestra inestabilidad política y de la fatal calidad de algunos legisladores es poner la agenda propia –de unos cuántos “especialistas”– por delante del interés colectivo del país. Si no modificamos el fondo del problema (la representación territorial), un Congreso bicameral simplemente reproducirá las fallas actuales. No le otorguemos a un modelo de dos cámaras virtudes que no cumplirá, como cualquier falso galán.

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