Hablemos claro, por Patricia del Río

Muchos nos fijamos, más allá de las propuestas del candidato, en su condición social, su “raza” y sus rasgos físicos.

    Patricia del Río
    Por

    Periodista

    Resumen

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    Hablemos claro, por Patricia del Río
    Hablemos claro, por Patricia del Río

    En un proceso electoral los ciudadanos tienen que elegir a alguien que los represente, a alguien que encarne los valores y características con las que uno se siente más cómodo. Cuando los partidos políticos son débiles, cuando no hay formas de ver el mundo con las cuales identificarse, entonces empiezan a primar las características personales. Así, más allá de lo que ofrezcan, los ciudadanos nos fijamos en la edad del candidato, su sexo, y acá arranca la parte más complicada, en su condición social, su “raza” y hasta sus rasgos físicos.

    Y mientras la identificación sea positiva, todo bien: autodenominarse “de una raza distinta” o asumirse “el cholo sano y sagrado” son estrategias que buscan capitalizar de forma inteligente este factor. Cuando se usa para descalificar al otro, es cuando empiezan los problemas. Y si bien hoy el insulto racista y clasista, a boca de jarro, es cada vez más rechazado, hay otras formas de discriminación, más sutiles, casi imposibles de identificar, que no solo no reciben crítica alguna sino que suelen ser celebradas con entusiasmo. Y me refiero específicamente a la discriminación lingüística que no es otra cosa que juzgar negativamente a un individuo por su manera de hablar; es decir, considerar que hay formas de usar el castellano que son propias de gente inferior, ignorante o poco profesional. 

    El castellano, como toda lengua del mundo, tiene múltiples variedades y formas de hablarse. Esto tiene que ver con su larga historia, con la cantidad de lugares donde se practica, con la cantidad de lenguas con las que ha entrado en contacto, con la variedad de individuos que la usan. Para la lingüística, todas esas formas son válidas, son parte de nuestro idioma y merecen la misma consideración y respeto. Sin embargo, nos parece muy ‘cool’ como habla un argentino (sin importarnos que conjugue los verbos distinto, use vos en lugar de tú), pero arrugamos la nariz cuando alguien usa el castellano andino, influido por el quechua, con diferencias en el uso de la vocales, la pronunciación, el orden sintáctico, etc.

    ¿Es mejor el castellano de los limeños que el de los apurimeños? No. Sostener algo así es tan ridículo y prejuicioso como asumir que los españoles hablan mejor que los peruanos, o que los chilenos con ese dejo tan cantarín deben ser todos “medio raritos”. Es más inteligente el que dice “haya” que el que dice “haiga”. De ninguna manera. El uso de una forma más estándar del español, esa considerada correcta por las academias, no tiene nada que ver con las capacidades del hablante, sino con aspectos bastante más complejos, como el lugar de origen o el grado de instrucción de los padres que no pueden ser materia de discriminación.

    En esta campaña que recién empieza, el candidato César Acuña es la principal víctima de este tipo de discriminación. ¿Refleja el uso del castellano de Acuña a una persona incapaz, poco inteligente? De ninguna manera, esa conclusión es inadmisible. En cambio, ¿son las evidencias de plagio una señal de que el señor César Acuña ha construido su futuro sobre la base de un fraude? Pues todo indica que sí, y esas evidencias serían igual de demoledoras para un candidato considerado cultísimo y muy bien hablado. Así que una recomendación: critiquemos a César Acuña, o a cualquier otro candidato, basados en pruebas concretas. No permitamos que se use el drama de la discriminación para defenderse de causas que no tienen nada que ver con la raza o el origen humilde, sino con la honradez, con la ética y con el trabajo honesto.