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Graciela Ángeles mira el reloj: son las 3:23 de la tarde. A esa misma hora, hace 51 años, un alud causado por un sismo de magnitud 7,9 en Yungay sepultaba a su esposo, el profesor Nicolás Olivera, en el más catastrófico de los terremotos ocurridos en el Perú.
“Fue espantoso”, recuerda Graciela, de 98 años. Ella era alcaldesa encargada de Yungay cuando ocurrió la tragedia: 40 millones de metros cúbicos de hielo, lodo y rocas se desprendieron del nevado Huascarán. Nunca encontró el cadáver de su esposo, pero superó el dolor junto a sus tres hijos, Teddy, Carlos y Raúl. Solo 300 personas sobrevivieron al terremoto.
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“Cada 31 de mayo siento una tristeza muy honda por los que no lograron salvarse, pero también siento mucha alegría porque mis hijos y yo volvimos a nacer. Cada año que pasa cumplimos un año más de vida, por eso digo que hoy celebramos estar aquí”, dice doña Graciela, y toma la copa de vino que Teddy le ha servido.
Libia Graciela Ángeles Figueroa viuda de Olivera vive ahora en Trujillo. En el terremoto del 70 tenía 49 años y había asumido la alcaldía de Yungay debido a que el burgomaestre, José Lobina, se encontraba delicado de salud. Teddy tenía entonces 8 años, Carlos 26 y Raúl 28. Su esposo, Nicolás, murió a los 52.
“Era un día sereno, como los días brillantes de la sierra. En el estadio se había instalado un circo y había mucha expectativa por ver la función. Eran las tres de la tarde. Cuando la tierra comenzó a temblar, sentimos un sacudón; todos nos alarmamos, queríamos cogernos de las manos, temblábamos, mirábamos a todas partes y todo el mundo estaba asustado. Dejó un recuerdo de espanto muy violento”, narra Graciela.
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Ella y la pequeña Teddy salieron corriendo del circo hacia un cerro cercano para protegerse, cerca del Huascarán. “¡Sálvese, señora!”, le decían los moradores, preocupados. Cuando subían a la montaña, un ventarrón las empujó y se salvaron. “El lodo pasó por nuestro lado, nos salpicaba. El alud venía con mucha violencia, era terrible, desolador”, cuenta la mujer.
Su hijo Carlos, hoy médico, recuerda que aquel domingo, a las tres de la tarde, los gallos de pelea que criaba en su casa comenzaron a gemir, como si percibieran la tragedia que vivirían apenas minutos después. Su casa, ubicada en la calle 2 de Mayo, a pocas cuadras de la Plaza de Armas de Yungay, fue arrasada por el alud.
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Desde el exterior de la vivienda vio “cuando la tierra se abría y se cerraba por el terremoto”. Sin embargo, logró salvar a tres personas del barro y las paredes caídas, y corrió hacia el estadio donde se encontraba el circo para buscar a su madre y a su hermana. “Fue emocionante verlo. Dios había sido generoso con nosotros”, añade Teddy. Raúl, el mayor de los hermanos, estaba en Lima, sano y salvo, pero asustado.
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“[…] Recio pedestal del soberbio Huascarán. Al saludarte anhelo tu grandeza por el brillo y prestancia que tus hijos dan. Eres en la patria el mejor rincón florido…”. Cuarenta y nueve años después, doña Graciela le recita un poema a Yungay, un lugar que era “un emporio de belleza”. Después de la tragedia, ella publicó dos libros, “Yungay en mi recuerdo” y “Cuentos de Yungay de ayer”.
El 20 de agosto cumplirá 99 años, pero sigue recitando y leyendo con la fuerza que le dan los recuerdos. “Tengo mis secuelas: cualquier temblor me asusta mucho”, admite, sin embargo. A las 3:23 de la tarde de ayer, Graciela volvió a abrazar a sus hijos, como el 31 de mayo de 1970 en Yungay.
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NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.

















