RespuestasLa navidad está a la vuelta de la esquina y, probablemente, estés corriendo con los últimos detalles para que todo salga según lo imaginas. Como padre, no hay nada que te emocione más que poder vivir estas fiestas a través de la mirada de tus hijos, quienes seguramente también están atravesando esta espera con el corazón lleno de expectativas, deseos y mucha fantasía.
La navidad está a la vuelta de la esquina y, probablemente, estés corriendo con los últimos detalles para que todo salga según lo imaginas. Como padre, no hay nada que te emocione más que poder vivir estas fiestas a través de la mirada de tus hijos, quienes seguramente también están atravesando esta espera con el corazón lleno de expectativas, deseos y mucha fantasía.
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Sin embargo, a veces, cuando llega ese día tan anhelado —especialmente en el momento de abrir los regalos—, pese a todo el esfuerzo, cariño y los sacrificios que has hecho para dar lo mejor de ti, aparece en tu hijo una emoción algo incómoda e inesperada: la decepción.
Aunque a simple vista puede verse como una señal de desprecio o de una conducta malagradecida, en realidad, la decepción es una respuesta natural tanto en niños como en adultos. Como explicó la psicóloga Raquel Bacigalupe, de SANNA Clínica San Borja a Estilo, surge cuando nuestros deseos e ilusiones chocan con la realidad, es decir, aquello que imaginamos queda muy lejos de lo que finalmente ocurre.
En el caso de los niños — más aún en la navidad—sus expectativas suelen estar fuertemente alimentadas por los adultos, la fantasía propia de la infancia y por el entorno cultural y comercial que rodea estas fiestas. Los regalos forman parte del ritual de la navidad y suelen cargarse de ilusión, misterio y sorpresa. Por eso, no es raro que, incluso, a lo largo del año, el regalo navideño se haya presentado como una recompensa, reforzando así su espera y cargándolo aún más de significado.
En este contexto, cuando el regalo no coincide con lo que el niño había fantaseado, lo que suele aparecer en un primer momento es la frustración. Según Irma Reginaldo, psicoterapeuta y directora del Instituto IPI, esta emoción muchas veces puede ir acompañada de tristeza o enojo, ya que el menor está enfrentándose a algo que todavía le cuesta mucho manejar: que la realidad no siempre coincide con lo que imaginó o deseó.

“Estas emociones nos muestran un mundo interno que está en proceso de aprendizaje. El niño no está siendo malagradecido ni “caprichoso”; está practicando cómo tolerar la decepción, cómo regular lo que siente y cómo adaptarse cuando algo no sale como esperaba. La forma en que exprese esa emoción nos da pistas sobre sus recursos actuales para manejar la frustración y sobre cuánto acompañamiento necesita del adulto para poder calmarse y comprender lo que le pasó”.
¿Reacción normal o señal de alerta?
Para poder distinguirlo, como indicó Antonella Galli, psicóloga de la Clínica Ricardo Palma, es importante observar cómo el niño afronta situaciones de estrés o frustración en general, patrón que suele depender mucho de la edad y del temperamento. Por ejemplo, entre los 0 y 5 años, los niños son más egocéntricos y se espera que reaccionen con frustración ante situaciones simples. A partir de los 6 años, el pensamiento se vuelve más lógico y el niño puede empezar a comprender explicaciones como limitaciones económicas o decisiones familiares.
También influyen los rasgos de crianza. Un niño que siempre ha recibido todo lo que quiere y no está habituado a tolerar la frustración puede reaccionar con explosiones intensas de rabia, insultos o agresividad. Estas reacciones indican una baja tolerancia a la frustración y dificultad para modular emociones.
“Ante este tipo de situaciones, debemos fijarnos en tres elementos clave: la intensidad, la duración y la capacidad del niño para calmarse. Una decepción esperable suele verse como tristeza, llanto o molestia, pero con el acompañamiento del adulto el niño poco a poco se regula y continúa con la actividad. En cambio, cuando hay dificultades en la regulación emocional, la reacción es mucho más intensa y sostenida. El llanto no cede, aparece una gran desorganización emocional o conductas como golpearse, hacerse daño o lastimar a otros. En estos casos, no se trata solo del regalo, sino de que el niño aún no cuenta con las herramientas necesarias para manejar la frustración, y necesita mayor contención y aprendizaje emocional para poder autorregularse”, precisó Reginaldo.
¿Qué hacer cuando la decepción aparece?
En esos primeros minutos, la reacción de los adultos puede marcar una gran diferencia de cómo se procesa la emoción. De acuerdo con la experta de la Clínica Ricardo Palma, si los adultos dramatizan la situación, se sienten muy mal o refuerzan el conflicto —por ejemplo, culpando al otro progenitor—, el problema se intensifica.
Por eso, lo que se recomienda—según la psicoterapeuta Liliana Tuñoque, de Clínica Internacional—es mantener la calma, ponerse a la altura del niño, nombrar lo que está sintiendo y transmitirle que tiene derecho a sentirse así. “Una presencia cercana le permite entender que su emoción es válida y que no está solo. No se trata de convencerlo de que “no pasa nada”, sino de hacerle sentir que lo comprendemos y que estamos ahí para acompañarlo”.
Además, como aseguró la pediatra Svetlana Pomeranets, de Cleveland Clinic, reaccionar con serenidad ayuda a reducir la intensidad de la emoción y le da al niño un modelo de autocontrol. En lugar de corregir o explicar de inmediato, es más efectivo escuchar, observar y permitir que el niño exprese lo que siente, mostrando disponibilidad y contención.

En este proceso, el lenguaje es clave. Frases como “Veo que estás enojado y está bien enojarse, sé que esto no era lo que esperabas”, “Entiendo que te sientas decepcionado, es normal sentir frustración; a veces estas cosas pasan” o “Estoy contigo, siente mi presencia”, ayudan a reconocer la emoción sin prometer soluciones inmediatas ni premios compensatorios, destacó Irma Reginaldo.
“Ante una emoción como la decepción, se debe evitar minimizar lo que siente (“no es para tanto”), comparar (“otros niños no tienen nada”) o prometer compensaciones inmediatas. Estas respuestas suelen aumentar la frustración o enseñar que el malestar se resuelve con más cosas”.
¿Cómo poner límites sin romper el vínculo?
El límite solo puede sostenerse si el adulto logra mantenerse regulado. De acuerdo con la licenciada Bacigalupe, cuando la decepción del niño despierta en los padres sentimientos de culpa, fracaso o rechazo es necesario que el adulto se regule primero. Frases simples como: “Este es el regalo que elegimos para ti con cariño este año” ayudan a sostener el límite. No obstante, las disculpas excesivas y las promesas para compensar la decepción suelen reflejar culpa y debilitan el aprendizaje emocional.
Por eso, como padres es importante acompañarlos desde la propia autorregulación y la empatía, pero sin tratar de rescatarlos emocionalmente. Para Tuñoque los primordial es escucharlos, validar lo que sienten, estar presentes para ellos y ayudarlos a calmarse, pero sin quitarle la experiencia de atravesar esa frustración.
“Acompañar al niño en la incomodidad es un ejercicio de tolerancia que lo fortalece”, recalcó la psicóloga de SANNA.
¿Cómo ayudarlo a que reencuadre la situación y valore lo que sí recibió?
Una vez que la frustración ha disminuido, se puede invitar al niño a explorar el regalo recibido, sin juicios ni comparación. El juego, especialmente si es compartido con los padres, es una fuente central de regulación y disfrute emocional, y puede transformar ese objeto en una experiencia relacional muy valiosa.
De igual manera, este proceso es una oportunidad para enseñar la valoración de lo que tiene y de lo que hay, más allá de lo material. Reginaldo enfatizó la importancia de reconocer los logros y esfuerzos que tuvo durante el año, ayudándolo a entender que no todo reconocimiento debe darse necesariamente en ese momento ni solo a través de regalos materiales.
“Si la emoción es reconocida, acompañada con empatía y sostenida sin distracciones, ni promesas, el niño junto a sus padres, puede rescatar lo valioso, divertido e interesante que pueda tener ese regalo recibido. Esto, sin duda, permite labrar un patrón de respuesta basado en una adecuada regulación y bienestar emocional, lo que se traduce en un aprendizaje emocional exitoso”, señaló Raquel Bacigalupe.
¿Cómo cerrar la experiencia sin culpa?
Para retomar le experiencia y potenciar aún más el aprendizaje, el foco no debe ponerse en “lo mal que estuvo el niño”, sino en cómo se repara y se resignifica lo ocurrido. De acuerdo con Bacigalupe, es importante retomar el episodio al día siguiente o cuando todo esté calmado. En este caso, podemos emplear frases como “Ayer te sentiste muy triste. Lo entiendo. A veces nos cuesta manejar emociones grandes. Te quiero igual, aunque te enojes”. Aquí es necesario diferenciar al niño, que es valioso, de la conducta que estuvo desregulada.

“Los niños están aprendiendo a regular sus emociones, por lo que equivocarse es parte natural del proceso. Sin embargo, más allá de validar sus emociones, también podemos enseñarles a que pueden expresarlas de mejores maneras y siempre con respeto a los demás. Igualmente, este episodio puede transformarse en una oportunidad para conversar sobre el sentido más profundo de estas fechas: el agradecimiento por los gestos, el valor del esfuerzo del otro y la posibilidad de apreciar lo que se recibe más allá del regalo en sí”, sostuvo la psicoterapeuta de Clínica Internacional.
Incluso, esta experiencia puede servir para que los propios padres se conviertan en un ejemplo del manejo de las emociones. Hablar de frustraciones propias, contar cómo se manejaron —o incluso reconocer cuando no se manejaron bien— enseña que equivocarse no genera culpa eterna, sino responsabilidad emocional. Así, la experiencia se cierra sin reproches ni vergüenza, y se transforma en un aprendizaje compartido que fortalece la regulación emocional y el vínculo.
¿Cómo manejar expectativas de forma saludable?
Acciones previas
Según Raquel Bacigalupe, hablar antes de la navidad es clave para mantener la ilusión, pero con límites claros y realistas. Por ejemplo, invitar a los niños a escribir una carta permite conocer mejor sus deseos, así como también es una oportunidad para explicar que no siempre es posible recibir todo lo que se pide y que elegir implica hacerlo con cariño.
Involucrarlos en preparar un regalo para otros también los ayuda a comprender el valor de elegir y de dar, no solo de recibir, manteniendo la ilusión con límites claros y realistas.
Hablar del valor real de los regalos
La mejor manera de enseñarle a un niño es a través del juego, los cuentos y los ejemplos cotidianos, afirmó Tuñoque. Es importante explicar, con un lenguaje sencillo, que en la vida a veces queremos algo y no se puede, y que aprender a manejar esa frustración también es parte de crecer. Poner el foco en el esfuerzo, el tiempo y el cariño que hay detrás de un regalo ayuda a desplazar la atención del objeto en sí hacia su significado emocional.
Detectar la obsesión por un solo regalo
Cuando el bienestar del niño parece depender exclusivamente de recibir un objeto, conviene intervenir con calma. En esos momentos, es útil ayudarlos a pensar qué fantasías, miedos o significados están depositando en ese regalo.
Fantasía navideña y choque con la realidad
Papa Noel y el Niño Jesús suelen presentarse como figuras bondadosas y omnipotentes. De acuerdo con la psicóloga de SANNA, el marketing navideño traduce esa bondad en objetos materiales, lo que puede generar expectativas irreales. Por eso, es esencial recordar que los regalos son un detalle, no una obligación ni una medida del amor, lo cual ayuda a bajar la presión y a vivir las fiestas con menos estrés.
Comparaciones con otros niños
Este tipo de situaciones abre la oportunidad de explicar que cada familia es distinta y que comparar no siempre ayuda. Incluso entre hermanos, recibir el mismo regalo en diferentes colores puede generar frustración. Los celos y la envidia son emociones normales si se acompañan y regulan; sin embargo, si el niño queda atrapado en el malestar y no logra disfrutar lo recibido, puede ser una señal de baja autoestima que conviene atender.
Adultos que generan expectativas irreales
Con amabilidad podemos decir algo como: “Bueno, Papá Noel hace todo lo posible, pero acuérdate que también él elige los regalos”. Luego en privado, es importante conversar con ese adulto para pedirle que no refuerce ideas poco realistas. Cuidar el mensaje que reciben los niños también es una forma de proteger su experiencia emocional.
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