Por Renato Cisneros

Entro al circo como si entrara a un refugio o un búnker. Hay demasiadas cosas allá afuera que agotan, deprimen, irritan, indignan, aburren, invitan al pesimismo. Meterse al circo es como meterse al cine o al teatro: ocupas una butaca en un recinto oscuro, le das la espalda al exterior, paralizas el tiempo ordinario y te concentras por un par de horas en un universo ficticio. Si tienes suerte, el espectáculo no solo te distraerá de la realidad sino que te mostrará otros aspectos de ella, ángulos que no estabas observando, matices que se te venían pasando de largo, y entonces regresas a la calle, a tu vida, sintiéndote mejor, un poco más vivo, más humano, más esperanzado. Muchas veces, después de ver una película conmovedora o una obra impactante, he salido creyendo tener entre manos una revelación, algo que me acercaba, al menos por un rato, a los restos de una olvidada belleza.

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