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Lo dejo todo por verte, por Renato Cisneros

Un intento de entender la masiva excursión al país de la matrioshka

Lo dejo todo por verte, por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Lo dejo todo por verte, por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

El peruano que se fue a Rusia siguiendo a la selección inventó sin proponérselo una nueva categoría de viaje. Falta buscarle un nombre por si hiciera falta en el futuro consignarlo en los formularios migratorios, no vaya a ser que se nos vuelva costumbre eso de ir por ahí clasificando a los Mundiales. 

No se trata propiamente de un viaje de trabajo: si bien el hincha en la tribuna cumple una misión, la suya es una militancia sagrada, voluntaria, no adscrita a régimen laboral alguno. El hincha no tiene, no quiere tener, sueldo, planilla ni vacaciones. Por otro lado, consideremos que su esfuerzo suele estar compensado por la ingesta indiscriminada de bebidas alcohólicas a razón aproximada de cinco chelas cada 45 minutos. A eso no se le puede llamar trabajo. Si lo fuera, sería el más bonito del mundo. 

Tampoco hablamos de un viaje de placer: si bien el hincha se solaza alentando al equipo patrio, la presencia en un estadio implica un vertiginoso tránsito por el susto, la angustia, la duda, la rabia, el miedo, en fin, sentimientos que con dificultad podríamos calificar de ‘placenteros’. En 90 minutos, felicidad y dolor son posibilidades igual de latentes. Más que placer, es masoquismo. 

El traslado a Rusia tampoco podría calificarse como viaje de negocios: el aficionado común dispone de sus ahorros de años para pagarse tickets baratos, hospedajes pulguientos y menús de 200 rublos en ciudades remotas. En la mayoría de casos se llena de deudas para redondear un presupuesto y no sobra quien ha renunciado a su puesto para echar mano a su CTS. A cambio, solo esperar cobrar cantando goles. Cantar un gol es su única recompensa, su única rentabilidad, pero ‘negocio’ no es la palabra que represente esa ganancia. La inversión es monetaria; la retribución, emocional. 

Por último, el hincha no se desplaza al Mundial para hacer turismo. Es cierto, muchos no se resisten al selfie en la Plaza Roja, pero a la mayoría apenas si les sobra tiempo y energía para conocer Moscú como aconsejan las agencias. No se les ve husmeando el Kremlin ni aprovechando el salto para conocer San Petersburgo. El hincha viaja para alentar, no para distraerse con monumentos, museos ni vitrinas. Es más, en tanto su filiación implica recorrer las calles bandera en mano y gritando hasta perder la voz, el hincha se convierte en atracción, en detrimento del perfil bulboso de las catedrales, como demostró el ya legendario banderazo de Saransk

Los únicos locales a los que el hincha tiene licencia para ingresar, además de los estadios, son los bares, instancias de agitado intercambio cultural con la hermandad mundialista. Allí, tras visionar partidos y agotar brindis, se oirán invariablemente dos clases de arengas: la del hincha ruso que, azuzado por peruanos, mastica y destruye el ‘cómo no te voy a querer’; y la del resto de asistentes, europeos incluidos, que entonarán tarde o temprano el consuetudinario himno del desprecio: ‘Y ya lo ve, y ya lo ve, es para Chile que lo mira por TV’. 

El hincha peruano que viene participando, parcial o totalmente, de la gira Moscú-Saransk-Ekaterimburgo-Sochi ha fundado lo que podríamos denominar el ‘viaje por fanatismo’, un periplo donde no importan comodidad, fichas ni equipaje. Una aventura donde se usa un solo atuendo: el uniforme de la blanquirroja. Una expedición que tiene algo de escape, de paréntesis, de incursión antropológica, de fiesta interminable. 

Si tuviésemos que buscarle parangón más exacto, cabría evocar las peregrinaciones que hacen los feligreses devotos de la Virgen siguiendo el rastro de sus apariciones. O el Quyllurit’i o el Camino de Santiago. Solo que esto es peor, o mejor, pues aquí el hincha no va tras el milagro, sino que lo produce. La suerte futbolística queda al margen: lo que importa es el desplazamiento y lo que sucede entre la gente que se desplaza. La selección puede ser derrotada, pero venir al Mundial a verla es una experiencia que no admite sensación de pérdida. En Rusia los peruanos vinimos y vencimos. Los hijos de Putin no van a olvidarse fácilmente de nosotros. 

Esta columna fue publicada el 23 de junio del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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