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El Rincón de Juancho: cómo un pasadizo en el Rímac se transformó en “el restaurante más angosto del Perú”
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Quien llega al Rincón de Juancho, un famoso huarique ubicado en la primera cuadra del jirón Madera, en el Rímac, descubre enseguida que el lugar desafía cualquier noción de lo que debería ser un restaurante. Incluso desafía la lógica misma del espacio. Es un local tan angosto que dos personas no podrían cruzarse sin rozar las paredes. Ellos se presentan como “el restaurante más angosto del mundo”, una afirmación imposible de comprobar, aunque irrelevante frente a la experiencia. El pasadizo tiene solo 1.23 metros de ancho. Para ingresar, el visitante debe girar el cuerpo, avanzar de costado y bordear la cocina que ocupa casi todo el frente, mientras los cocineros —a las once de la mañana— fríen pancetas que estallan en el aceite y perfuman el lugar con el aroma del chicharrón.
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Como suele ocurrir en estos tiempos, la historia de El Rincón de Juancho encontró su impulso en las redes sociales. Pero detrás de esa fama digital hay dos rostros del Rímac: Juan Carlos Peña y Erika Albornoz, una pareja que se conoció hace más de treinta años, entre paseos por la Alameda de los Descalzos y los cantos de su iglesia. “En mi familia siempre nos gustó la cocina. Somos cuatro hermanos cocineros”, recuerda Juan Carlos, un hombre que pasó buena parte de su vida como guardia de seguridad, acumulando turnos largos mientras vigilaba el dinero de otros. Alguna vez soñó con ser dibujante —tenía la mano para eso—, aunque la realidad terminó llevándolo por otro camino, al negocio de los desayunos.
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Para balancear la economía familiar, decidió junto a su esposa y su cuñada vender sánguches de chicharrón en la esquina. Era un trabajo modesto. No sabían que sería el punto de partida de algo mucho más grande. Pasaron por kioscos de madera, carritos ambulantes y dos locales alquilados que no resistieron los costos ni el vaivén de la clientela. Eran cocineros errantes. Hasta que el círculo se cerró en la pandemia, cuando debieron volver a casa y reorganizarlo todo puertas adentro. Por necesidad, en el pasadizo de su vivienda —antes un área común sin techo— improvisaron un pequeño comedor. Allí nació el actual Rincón de Juancho.
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Su camino hacia el estrellato digital fue una combinación de su buena sazón y un toque se suerte. Su racha empezó el día que un amigo chileno que visitaba Lima, llegó a probar el chicharrón y quedó tan impresionado por el lugar y sus dimensiones que realizó un TikTok. El video se volvió viral en pocas horas. Algunos incluso dudaban de que un negocio pudiera funcionar en un espacio tan reducido. El público decidió comprobarlo por su cuenta. Al principio fueron jóvenes curiosos que llegaban por la anécdota de “entrar de perfil”. Luego aparecieron los “foodies” y creadores de contenido. Un día llegó la cantante Yahaira Plasencia; otro día, el cocinero Luciano Mazzetti se apareció con sus cámaras. La visita más sorprendente fue cuando llegó la embajadora de los Estados Unidos con un equipo de grabación y un despliegue de seguridad impresionante que cerró la calle. Erika, la esposa de Juancho, no lo podía creer: que alguien tan importante llegara a su humilde local.

La fama digital trajo un problema práctico: el espacio era insuficiente. Las colas empezaban antes de abrir. Entre semana, las mesas se ocupaban en cuestión de minutos. La familia tomó entonces una decisión que parecía imposible unos años atrás: adquirir la casa contigua y ampliar el local. La compra se concretó hace un año. Con paredes nuevas, más mesas y una cocina reorganizada, El Rincón de Juancho dejó de ser únicamente el restaurante más angosto del Perú. Se volvió un punto obligado para quien cruza el puente del Rímac.
Hoy, el menú refleja esa historia de trabajo familiar. El chicharrón es el protagonista absoluto: han llegado a vender más de trescientos panes en una mañana. El trío criollo es otro emblema, igual que la sopa seca con carapulcra y chicharrón, el arroz con pollo, el seco norteño y el café pasado gota a gota, preparado con una mezcla propia que Juan Carlos defiende como sello de la casa.

Hacia las 12:30 del día, cuando el último desayuno ha salido y el servicio termina, Juan Carlos recorre el local con la calma del cierre. Mientras ordena los utensilios, bromea con su esposa, luego observa las fotografías que cubren el pasadizo: vecinos, viajeros, cocineros, figuras conocidas que alguna vez llegaron atraídas por la reputación del lugar. Cada imagen resume un tramo de la historia del negocio. El corredor queda en silencio, la puerta se cierra y el huarique queda listo para comenzar de nuevo al día siguiente.
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