Los cuentos y novelas dan forma a una misma historia. Un personaje se enfrenta a una amenaza o un riesgo que pone en juego su destino. Una esposa se enamora de un amante, un joven empleado despierta convertido en insecto, alguien descubre una verdad oculta sobre su padre. No todo tiene por qué ser tan dramático. Basta que alguien se confronte con el peso de su rutina.
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El gran escritor Jack London, cuyos 150 años se celebran el 12 de enero, dedicó su obra a insistir en que vivimos respondiendo a riesgos y a amenazas esenciales. Sus personajes nunca dejan de luchar. En “Encender una hoguera”, su mejor relato, el protagonista ha perdido el rumbo en medio de la nieve. Tiene a su perro esquimal cerca. El hombre cree que hace cincuenta grados bajo cero. Cuando escupe, la saliva da un “chasquido seco” en el aire. Entonces calcula que la temperatura es aún menor, seguramente 75 bajo cero. Solo se podrá salvar si enciende un fuego. Los fósforos que lleva son su única esperanza. Lo logra pero allí no termina la historia. En el relato, el perro es mucho más sabio y cauteloso que el hombre. En otro cuento, “Por un bistec”, un boxeador llamado Tom King, entrado en años se enfrenta a un rival más joven y fuerte que él. El boxeador solo quiere comer algo después de la pelea. Su objetivo es un trozo de carne, algo precioso en las condiciones en las que vive. Pero sabe que lo más probable es que sea derrotado. Antes de partir, su esposa le echa los brazos al cuello. Él da una mirada al cuarto donde vive. Sale a pelear.
Pelear, dar la cara, salir adelante. La vida como una aventura, como una apuesta, como una batalla. Es lo mismo que ocurre con el personaje de otro relato suyo, “La ley de la vida”. La naturaleza aparece con una misión para todos: “La misión de perpetuarse y la ley de morir”.
Esta confrontación entre la vida y la muerte definió la vida de Jack London. Hijo del astrólogo William Chaney y de Flora Wellman, London estuvo a punto de no llegar al mundo. Su padre le exigió a su madre que tuviera un aborto. Cuando ella se negó, el padre le dijo que no se iba a hacer responsable del niño. Nacería en San Francisco, una ciudad que siempre lo acompañó. Luego su madre se casaría con John London, quien le daría su apellido. De ese hogar laberíntico, salió un escritor múltiple. Fue a la vez viajero, cazador, militante de la causa socialista y escritor. Fue también traficante de ostras, viajó en un barco que cazaba focas al Japón, trabajó en un molino, estuvo en la cárcel por vagabundo. Y participó en la inmigración de la fiebre del oro en California. Fue allí donde empezó a escribir.
A los 30 años ya era famoso por su novela “La llamada de lo salvaje”. Sus frases sencillas, naturales, precisas, cuentan historias duras de enorme poder físico. Era guapo, musculoso, fuerte. Como muchos hombres con esas condiciones, murió muy joven, a los 40 años. En sus libros siempre aparece la llamada de la naturaleza como superior a la civilización. Los hombres y mujeres fracasan y mueren. Los animales sobreviven. Uno puede ver al perro al final de “Encender una hoguera”, caminando hacia la vida.