Hay una característica generalizada pero silenciosa en la sociedad peruana que, de un modo u otro, moldea todas sus actitudes e interacciones: somos unos desconfiados. El sistema nacional está diseñado para presumir que nuestra contraparte no hará lo que le corresponde. El orden económico lo construimos con la pregunta: ¿y si no me pagan? La arquitectura legal sigue la popular doctrina del “piensa mal y acertarás”. En política, la traición (a los colegas del partido, a los votantes) es la regla. La inversión pública tiene tantas trabas administrativas y controles que parece pensada para que nada se ejecute. Y así sucesivamente. La premisa de partida es que el otro nos va a sacar la vuelta apenas le concedamos media chance.
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Todo esto coloca un halo perverso sobre nuestra actitud del día a día. Es la carga psicológica de vivir entre antagonistas. Además, hace las operaciones en todo sector más ineficientes. Si para registrar, contratar, comprar, vender, prestar o lo que sea, necesito firmas, sellos, verificaciones o garantías, el país se oprime bajo el peso de la desconfianza. Nada avanza. Solo ganan los abogados y notarios de turno.
Es algo medible. En una encuesta de Ipsos del 2022 para 30 países, el Perú registró la segunda menor confianza interpersonal de la región y se colocó en el puesto 25. Peores resultados obtuvo en la World Values Survey (WVS). Solo uno de cada 20 peruanos estaba de acuerdo con la frase “se puede confiar en la mayoría de las personas”. Ahí, de 90 países evaluados, el Perú ocupó el lugar 88 (por delante de Albania y Zimbabue). Ni siquiera la confianza entre la propia familia y amigos se salva: en esa medida, el Perú tiene el penúltimo puesto entre 50 países, solo por delante de Haití, según WVS. Por último, el Barómetro para las Américas del 2025 señalaba que 41% de los peruanos decía que la gente de su comunidad es algo o muy confiable; el promedio de Latinoamérica para la misma pregunta era 58% en el último año con data disponible.
Como sugería en una columna anterior, la pregunta entonces es si esta desconfianza es fruto de un acondicionamiento cultural o de un doloroso proceso de aprendizaje. Es decir, si los peruanos somos desconfiados porque nos han dicho siempre que debemos serlo y hemos crecido respirando suspicacia, o si, por el contrario, somos desconfiados porque, tras haber dado la mano, nos han mordido.
Un famoso experimento de billeteras perdidas apunta a la segunda y peor opción. Investigadores ‘extraviaron’ 17.000 billeteras –algunas sin dinero, otras con el equivalente a US$13,45 en moneda local– en 40 países, en establecimientos públicos como bancos, teatros, hoteles, comisarías, entre otros. Los países que menos billeteras devolvieron fueron China, Marruecos y el Perú. Incluso Kenia o Ghana tuvieron mejores tasas de devolución que nosotros. Eso abona a la teoría de que los peruanos quizá no nacemos desconfiados, pero la prueba y (constante) error nos sugiere extremar cautelas.
Las conclusiones de esto no son felices. Es mucho más difícil fortalecer la confianza interpersonal que impulsar otras supuestas rutas de desarrollo nacional (infraestructura, educación, etc.). Pero empezar reconociendo que este es un problema sumamente general en el país y que afecta, lo veamos o no, cada esquina de la sociedad, es un primer paso. Puede confiar en esta columna.
Además…
A saber
Según la revista “Science”, donde se publicó el artículo, un total del 51% de las carteras con dinero fueron devueltas. En las que no tenían efectivo, el índice de devolución disminuyó al 40%.
En el caso del Perú, el civismo falló notoriamente. Los peruanos devolvimos alrededor del 15% de las carteras en ambos casos.