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Resumen

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Ilustración del caricaturista británico James Gillray realizada en 1803 para "El viaje a Brobdingnag", segunda parte de “Los viajes de Gulliver”, publicado por Jonathan Swift en 1726.
Ilustración del caricaturista británico James Gillray realizada en 1803 para "El viaje a Brobdingnag", segunda parte de “Los viajes de Gulliver”, publicado por Jonathan Swift en 1726.
/ James Gillray
Por Ricardo Sumalavia

En el principio, todo fue brevedad. Si nos referimos al lenguaje, a sus primeras articulaciones en la historia del ser humano, con dos o tres monosílabos todo estaba dicho. La brevedad, sin embargo, como comúnmente se piensa, no es una técnica ni un recurso estilístico: es una toma de posición frente al tiempo, al lenguaje y a la experiencia. Desde la escritura, lo breve no es lo reducido por pobreza, sino lo concentrado por precisión. En esa concentración, la palabra deja de expandirse y se convierte en una caja que resuena. Cada término adquiere así un peso específico y, paradójicamente, como también lo propone Ítalo Calvino en sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, adquiere su levedad. La brevedad, entonces, no elimina el sentido: lo desplaza hacia lo no dicho. Y es allí donde aparece el silencio como parte constitutiva del texto. Ese silencio, convengamos, no es vacío, sino espacio activo.

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