Para mí, los museos siempre fueron un refugio y en ocasiones un hogar. Visito los de Lima, Cusco y el de Lambayeque cuando puedo. Pienso en ellos como paraísos que niegan el mundo y a la vez lo afirman. Cruzamos las puertas de un museo y entramos a un universo de revelaciones. Cuando llegué a vivir a Madrid a los 22 años, descubrí que el Museo del Prado permitía visitas gratuitas los domingos. Fue entonces cuando me topé con cuadros que había visto solo en fotos y que desde entonces no me abandonan. “El caballero de la mano en el pecho”, “Las meninas”, “Adán y Eva”, los aquelarres y tantos otros se me han quedado. Y entre ellos, ninguno más fuerte en mi memoria que el cuerpo agónico del “Perro semihundido”, de Goya. Fue allí también en el Prado donde me topé con algunos guías. Uno de ellos, mientras explicaba “El jardín de las delicias”, de El Bosco, ante un personaje introduciendo flores o una flauta por la humanidad trasera del otro, se refería a una “canción del trasero del infierno”. En otro momento, una madre le pedía a su hija que repitiera en voz alta, y varias veces el nombre del cuadro frente a ella: “Las lanzas”. Luego le ordenaba que fuera al baño.
Para mí, los museos siempre fueron un refugio y en ocasiones un hogar. Visito los de Lima, Cusco y el de Lambayeque cuando puedo. Pienso en ellos como paraísos que niegan el mundo y a la vez lo afirman. Cruzamos las puertas de un museo y entramos a un universo de revelaciones. Cuando llegué a vivir a Madrid a los 22 años, descubrí que el Museo del Prado permitía visitas gratuitas los domingos. Fue entonces cuando me topé con cuadros que había visto solo en fotos y que desde entonces no me abandonan. “El caballero de la mano en el pecho”, “Las meninas”, “Adán y Eva”, los aquelarres y tantos otros se me han quedado. Y entre ellos, ninguno más fuerte en mi memoria que el cuerpo agónico del “Perro semihundido”, de Goya. Fue allí también en el Prado donde me topé con algunos guías. Uno de ellos, mientras explicaba “El jardín de las delicias”, de El Bosco, ante un personaje introduciendo flores o una flauta por la humanidad trasera del otro, se refería a una “canción del trasero del infierno”. En otro momento, una madre le pedía a su hija que repitiera en voz alta, y varias veces el nombre del cuadro frente a ella: “Las lanzas”. Luego le ordenaba que fuera al baño.
MIRA: Mériam Korichi: “La filosofía clarifica el pensamiento”
El Prado es parte de la memoria de mis afectos y deseos, solo igualado por el Louvre, que con la libertad divina de la “Victoria de Samotracia” sigue volando con sus alas furiosas, sin brazos y sin cabeza, apenas matizada por la serenidad de la “Mona Lisa”, tan cerca. El Museo de Pérgamo en Berlín ofrece una de las experiencias más notables, la de sentirse dentro de un templo griego y tan cerca de los dioses. La Puerta de Istar y la Avenida de Procesiones de Babilonia nos ofrecen experiencias extremas de la sensualidad de un escenario concreto. Un relato del escritor mexicano Juan Villoro cuenta que, en uno de los aposentos del Museo de Pérgamo, su madre se le perdió de vista. Era cerca de la hora del cierre. Entonces, con las luces apagadas en el museo por reglas fijadas por la computadora, tuvo que hablar con un guardia. Fue así que buscó con una linterna a su madre por todo el museo, en una exploración simultánea por la historia del mundo. La encontraría después en el hotel.
A la lista de mis museos siempre agregaría el Nacional del Palacio de Taipéi, donde uno encuentra un arte de filigranas que recuerda la minuciosidad y la delicadeza de las piezas precolombinas. La Galería Uffizi, el Museo Arqueológico de Nápoles y el Museo de Arte Egipcio de Turín son también hogares que nos dan la bienvenida. Uno de los más grandes museos del mundo nos sigue interrogando: en el Metropolitan de Nueva York alguna vez me encontré con Jorge Luis Borges, a quien había conocido en Austin. El maestro argentino me dijo: “La gente piensa que un ciego no aprecia lo que hay en un museo. Pero me doy cuenta de que estoy en un sitio extraordinario”.
¿Por qué los museos se siguen llenando en nuestros tiempos? Porque han suprimido el tiempo. Porque allí una galería de cuadros y de esculturas en su inmovilidad derrotan a la prisa, la precariedad y la velocidad del mundo. Porque nos muestran a seres humanos que no cambian, que no desaparecen, que no mueren. Refugios de lo permanente, que nos sostienen todavía.
Además…
A saber
A escala local, diversos museos organizarán actividades a propósito de la fecha especial. Por ejemplo, el Museo de Arte de Lima (MALI) abrirá hoy sus puertas de 10 a.m. a 7 p.m. con entrada a solo S/1.