Claudia Dammert: "La maternidad puede ser enfermiza"
Claudia Dammert: "La maternidad puede ser enfermiza"

Posesiva, frustrada, manipuladora. Así es la madre interpretada por Claudia Dammert en “Tu madre la Concho”, montaje que alista su estreno para este jueves bajo la dirección de Paola Vicente. Escrita por Angelo Condemarín, la obra muestra a una madre que hará todo lo posible por mantener a su hijo, un periodista de 32 años, en casa. Deslindando del personaje, Dammert asegura no ser una mamá gallina, y recuerda que, aparte de la olla arrocera que recibió alguna vez de uno de sus hijos, el peor regalo por el Día de la Madre solo puede ser uno: el olvido.

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¿Cómo fue tu propia figura materna en casa?

Tenías una mamá que se ocupaba de ti. Éramos ocho hermanos, cinco perros, doce gatos y diez empleados. Era un caos. Tengo la imagen de mi mamá regia, saliendo por la puerta con un traje de brocado, yéndose a Palacio de Gobierno porque llegaba Charles de Gaulle. Y también tengo la imagen de mi madre sacándose la mugre trabajando por nosotros, porque cuando mi papá perdió su plata ella salió a trabajar, siempre regia, aunque se cayera el mundo.

¿Qué es lo que siempre le criticaste a tu madre?

No haber podido bailar en primer grado porque no me compraron el vestido de ballet.

¿Porque no había plata?

Claro… pero estaba en el (colegio) Villa María.

Villamariana sin plata.

Sí, ahí aprendí mi gran rol. Era muy buena actriz.

¿Aparentar?

Claro, vivíamos en San Isidro, yo estaba en el Villa María, y el mayordomo tenía que prestar plata para pagarle a la cocinera. Algo no concordaba, mi inconsciente me llevó a ser actriz, y durante años supe que ese era mi gran poder: manipular. Manipular emociones. Y fue como una especie de revancha: “Yo no tengo plata pero tú me pagas por verme”. Revancha con mi clase social, que era mi propio complejo, que ya no lo tengo.

Hace un tiempo te declaraste “pituchola”, cuando se te criticó por referirte a los “nuevos ricos”.

Fue horrible, y ahí te das cuenta de cuánta mugre hay dentro del ser humano. Cuando veo los ataques en las redes sociales me pongo a pensar en cuánta miseria hay. Me dolió mucho, pero me hizo descubrir que sí, pues… mi segundo hijo es un cholo precioso, y yo le dije: “Me he dado cuenta que sí soy racista, porque te protejo más que a tus hermanos”. ¿Quién no es racista acá? Este es un país terriblemente racista. En la sierra, a mi hija, que era rubia, en el colegio la bullyeaban y le decían “gringa de mierda” o “gringa bachiche, saca tu pichi para hacer ceviche”, pero ella se empoderó y se acabó. Cuando tienes identidad no importa el color que tengas, nadie va a ir por encima de ti, y mis hijos tienen identidad. Yo pienso que tengo una maternidad muy sana, porque la maternidad también puede ser enfermiza.

SALIR DEL NIDO

¿En qué se parece tu estilo de maternidad al de tu personaje, la Concho?

En nada. Tengo tres hijos y no soy una madre posesiva, no tengo miedo de vivir sin mis hijos. Es más, lo hemos conversado mucho, porque yo los saqué del nido muy chiquitos. Yo siempre me comparo con las aves. Hay mamás gallina y mamás águila. Las mamás gallina quieren tener siempre a sus hijitos bien cobijaditos. Las águilas no, los sacan del nido y les enseñan a volar desde muy jóvenes.

¿Quizá demasiado jóvenes en tu caso?

Sí, y he sido juzgada por ellos, he tenido tribunal familiar.

¿Cuál fue el veredicto?

Que los dejé muy jóvenes, pero he tenido la gran suerte de poder recuperarlos y tenerlos cerquita de mí cuando decidí divorciarme.

¿Cómo fue ese proceso de recuperación?

Con mucha humildad. Te preguntas en qué fallaste, qué no hiciste bien, pero ya no puedo volver atrás. En un momento, como yo era tan liberada, decía 'non, je ne regrette rien', no me arrepiento de nada, muy Edith Piaf… pero la Piaf se inyectaba drogas y yo no. Si yo hubiera sabido en esa época lo que sé ahora no hubiera hecho un montón de cosas. No hubiera dejado a mi hijo solo tanto tiempo, por ejemplo, cuando era chico; me lo hubiera cargado por todos lados.

Solías mostrarte orgullosa de que tus hijos vieran que tú no ibas a sacrificar tus sueños por ellos.

Así es. En esa época estaba mucho más metida en “yo Mama Ocllo tengo mis sueños de grandeza junto a la naturaleza y si mis hijos no quieren, que se vayan”. Tenían catorce, quince años, y yo me fui a vivir a Huaripampa y los dejé en Caraz, pero creo que los he formado bien. Un día mi hijo Rodrigo me preguntó: “Mamá, ¿cómo puedo ser estable si hemos vivido en dieciocho casas?”. Yo le dije: “Hijito, cambia la percepción, no eres inestable, eres flexible”. Todo es cuestión de percepción. ¿Eres hipertensa? No, eres apasionada. ¿Eres diabético? No, eres un endulzado por Dios.

Crees mucho en el poder de la propia fuerza para el cambio personal.

Sí, porque yo me lo he hecho, a mí no me lo han contado. ¿Cómo así? Cuando decides que no estás siendo coherente con tu vida, cuando decides romper una relación de 23 años, cuando tomas la decisión de decir: “¿Qué estoy haciendo con mi vida, qué tanto hablo para afuera cuando tengo a mis hijos solos, cuando no son felices, cuando los he lanzado a la vida y los he dejado así, qué quiero de mí para ellos como madre, qué me gustaría darles?”… Yo me mudé de vuelta a Lima en el 2011, luego de separarme, y empecé viviendo en el cuarto de la casa de una amiga, y luego en la de otra, así, saltando. Después de vivir en un sitio maravilloso de más de quince mil metros, empezar a reintegrarte como ser humano en cuartitos prestados fue difícil, y tuve que aprender a respetar espacios, a respetar silencios, a escuchar.

¿Qué fue lo más difícil de volver de Huaripampa a Lima?

Darme cuenta que yo estaba equivocada. Que lo que yo le decía a todo el mundo que tenía que hacer, en el momento que me tocó a mí, lo hice todo al revés.

Y que no eras Mama Ocllo.

Y que no era Mama Ocllo… y que era una mujer frágil, que tenía que reconstruirme, y decidí morir, y te mueres, y pierdes trece kilos, y te vuelves gris, y un día dices: “Cuánta caca tengo adentro”, y te das cuenta que la puedes convertir en abono. Y la convertí. Cuando aceptas toda tu mugre, todas tus carencias, es bien bacán.

¿Cómo superas una ruptura después de 23 años?

Llorando muchísimo.

¿Él sigue en Huaripampa?

Sí.

Con lo que hicieron juntos.

Ah, no, pues, ¡lo vendí! No soy tonta. Esas mujeres que dicen: “Yo no quiero nada de él”, no, esas son absolutas cojudeces. Lo que tú has hecho junto a alguien te corresponde. Hay orgullos sonsos… bueno, el orgullo siempre es sonso, el orgullo no tiene nada que ver con la dignidad.

¿Y qué es la dignidad para ti?

La dignidad es saber quién eres, tener una posición y sostenerla. El orgullo no te hace sentir bien, porque te crees superior, la dignidad es mucho más compasiva contigo misma, más divina. Yo me siento absolutamente divina, por dentro y por fuera. Soy hija de la divinidad y por lo tanto soy divina. Y agradezco. Agradezco cuando tengo basura que sacar, porque quiere decir que tengo un poder adquisitivo. Cuando tengo qué comer, agradezco profundamente, porque soy una privilegiada.

¿Cómo se vive la pasión acercándose a los 70 años?

Con mucha dulzura. Siento que hago las cosas con unas ganas y una frescura… Cuando tú fluyes, tu cuerpo fluye contigo. Siento que voy cosechando... Es lindo cuando estás consciente de ti y cuando te das cuenta que cada día estás haciendo mejor las cosas para ti. Sí, me encantaría enamorarme otra vez, claro que sí.

¿Te has enamorado después de la separación?

Digamos que me he “infatuado”, me he colgado, para no sentirme sola, pero ya no le tengo miedo a la soledad. Es bonito estar solo y bien.

¿Cuáles son los clichés de la maternidad que más detestas?

Cuando te dicen: “Soy madre soltera”. Eso me revienta. Eres madre y punto. Cuando te dicen “soy madre soltera” es para que tengas pena de esa persona, pero ¿por qué vas a tener pena? ¿De ser soltera o de ser madre? Eso me molesta muchísimo. O que porque eres madre te tienen que querer tus hijos. No. El amor se gana, el amor no viene gratis porque soy tu madre, o porque soy tu madre me tienes que respetar. No, yo hago que me quieran porque yo me quiero; yo hago que me respeten porque yo me respeto. O el cliché de la madre sacrificada: “Yo he dado todo por ti, y así me pagas”, “cría cuervos y te sacarán los ojos”. ¡Pero si tú has criado esos cuervos! O esas madres que tienen hijos ya mayores para que las cuiden cuando sean viejas, eso me parece de un egoísmo espantoso. Un día Oriana me dijo: “Mamá, me quiero ir a vivir con unos amigos, ¿pero cómo te voy a dejar sola?”. Le dije: “Mañana mismo haces tu maletita y te vas, yo no quiero que se queden conmigo por pena”.

Ahora, también sacaste aquello de “mamá leona” cuando le dijiste “imbécil” a Tatiana Astengo, a quien acusaste de agredir a tu hija Oriana cuando ellas trabajaban juntas en la telenovela “Luz María”.

Ah, ¡pero claro que sí! Si alguien dice algo sobre mis hijos y es cierto, yo misma le doy la razón, pero si atacan a mis hijos por las puras albóndigas, yo salgo. Ahora, si ella ha dejado de serlo, maravilloso, todos tenemos derecho a dejar de ser imbécil. Hasta yo.

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Lugar: Centro Cultural Ricardo Palma (Av. Larco 770, Miraflores). Temporada: del 11 de mayo al 11 de junio. Horario: de jueves a domingo, 8 p.m. Entradas: Teleticket.

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