Leonardo Torres Vilar.
Leonardo Torres Vilar.
Juan Diego Rodriguez Bazalar

Horas antes del cierre de esta edición, el teatro Julieta de Miraflores anunció la suspensión de todas sus obras teatrales, debido a las restricciones impuestas por el Gobierno para evitar la propagación del . Una medida que incluye a “Mañana me caso”, puesta en escena que dirige Leonardo Torres Vilar.

Respetando la distancia social de rigor, conversamos con el actor y director, quien reflexiona sobre la naturaleza de su obra, mientras se aguarda la –esperemos– pronta reanudación de actividades del teatro.

—Todos los personajes parecen estar tomando siempre las decisiones equivocadas. ¿Es así?

El ser humano siempre va a pensar que toma la decisión equivocada. Siempre. Uno siempre quiere lo que no tiene. Si no estás casado, vas a pensar que debiste hacerlo. Si estás casado, pensarás que no debiste hacerlo. Vivimos en contextos que nos hicieron creer. ¿Quiénes? La familia, la Iglesia, la sociedad. Entonces, como no estamos acostumbrados a seguir nuestros deseos, estos siempre van a existir y siempre vamos a desear lo opuesto a lo que tenemos. Las leyes, los mandamientos, las normas están hechas para impedir que uno haga lo que es natural, lo que es espontáneo. Las reglas están ahí para dominarte y es mucho más fácil controlar a aquellos que no siguen sus impulsos.

—Pero seguir los impulsos, es decir, lo natural, es no pensar...

Claro, la gran maldición del ser humano es que, al parecer, es el único ser sobre la Tierra que piensa, a diferencia de los animales. Nosotros creemos que la civilización es, precisamente, la capacidad de pensar; el problema es que ella está construida sobre los instintos más animales y los impulsos más atávicos, solo que los justificamos, los racionalizamos.

Una vieja flama (Ximena Galiano y Alonso García) se reaviva en medio de la discoteca. A los costados, los amigos chismosos quieren saber qué va a pasar entre ambos. Completan el elenco: (izquierda) Sebastián Abad, Leandro Gomez, Alonso Castro(agachado) Rodrigo Gonzalo, Jorge Talavera, Bryan Navarro, y (derecha) Estefania Maldonado, Ale Reyes (agachada), Larisa Landivar y Betsy Balaguer. (Foto: César Campos)
Una vieja flama (Ximena Galiano y Alonso García) se reaviva en medio de la discoteca. A los costados, los amigos chismosos quieren saber qué va a pasar entre ambos. Completan el elenco: (izquierda) Sebastián Abad, Leandro Gomez, Alonso Castro(agachado) Rodrigo Gonzalo, Jorge Talavera, Bryan Navarro, y (derecha) Estefania Maldonado, Ale Reyes (agachada), Larisa Landivar y Betsy Balaguer. (Foto: César Campos)

—¿Qué evita que los personajes de esta obra sigan sus deseos?

El castigo de la sociedad. Desde un comienzo, la sociedad te dice cuál debe ser tu destino. Linda cuenta que el momento en el que le pidieron matrimonio todo era perfecto: era un buen hombre el que se lo proponía, sonaba “When a Man Loves a Woman”, y todo eso coincidía con el ideal, con lo que le dijeron que tenía que pasar. Hay que tener en cuenta el contexto: son los años 70, en una provincia de Inglaterra. Ella se deja llevar y se va a casar. Es cierto que se encuentra con esta vieja flama, pero todo apunta a que no le hará caso y que se casará porque es lo necesario y lo correcto, aunque es consciente de que no quiere. Ella tiene un monólogo en el que reflexiona sobre por qué la gente no hace lo que quiere y solo hace lo que se le dice. Todos estamos en esa situación.

—El novio está, durante casi toda la obra, borracho, tirado en el piso. ¿Es su forma de negar la realidad?

Nadie quiere estar allí. Eso que dices de la negación del personaje borracho es la negación de todos. Ellos quieren algo más de lo que tienen. La obra plantea que ellos son individuos de clase media baja que trabajan en fábricas, en aburridísimas oficinas. Cuando se da esta despedida de solteros, ellos toman, sueñan, piensan, quieren tener sexo, volar, se imaginan cómo sería ser famosos. Están en una especie de cárcel, no solo en términos económicos, sino sociales y culturalmente. Pero la embriaguez del personaje no es tanto por darle la espalda al mundo: siento que él está aterrado. El matrimonio es aterrador para cualquiera. No es para todos. Él se emborracha un poco más de lo necesario y está inconsciente en su despedida de soltero. Se me ocurre que muchos estarían así, en vez de cuestionarse qué están haciendo.


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—Dijiste “más de lo necesario”. Es necesario, entonces, emborracharse...

Por supuesto: no pensar, estar lejos del mundo.

—Hay otro personaje, Eddy, quien nunca deja de renegar...

Él es la personificación de la frustración. Quien se casa es su mejor amigo y eso es una mala noticia; que la música esté alrededor de su vida cuando él hubiera querido ser músico, también es una mala noticia; que venga alguien famoso a restregarle su fama en la cara cuando él es un don nadie, es terrible. Es alguien que prefiere pasarla mal dándose cuenta del lugar donde está. Al contrario del resto, quienes se ocultan detrás de una mentira.

—¿Dirías que él puede ver la realidad tal y cómo es?

No diría eso. Él está completamente frustrado y cuando algo de lo que le molesta se deshace, desaparece, va a encontrar algo más con lo que sentirse frustrado. En ese sentido, se podría decir que la obra es un poquito ibseniana. Están los idealistas, los que creen en el matrimonio, en la familia; los realistas, que saben cómo es la cosa; y los conformistas, los más peligrosos, porque saben cómo es la realidad, pero se dejan llevar por el ideal y lo utilizan para manejar a los demás.

—Entonces, el pesimista es el enemigo del pueblo

Sí, y al final va a perder como enemigo del pueblo.

—Tiene que perder

Por supuesto. El que sabe cómo es la realidad tiene que perder. La sociedad lo va a aplastar, lo va a castigar, así como a los héroes de Ibsen. Nora se larga de su casa, de su marido y de sus hijos, pero no va hacia un futuro feliz, sino a uno incierto, jodido y en el que probablemente termine en la calle porque en esa época, sobretodo, estaba prohibido seguir lo que uno quería. En esta obra, no sabemos qué va a ser de Linda, pero probablemente lo pase mal.

Torres Vilar monta esta entrega teatral con su productora El Estudio. Se espera una pronta reposición. (Foto: ALESSANDRO CURRARINO)
Torres Vilar monta esta entrega teatral con su productora El Estudio. Se espera una pronta reposición. (Foto: ALESSANDRO CURRARINO)

—Sucede, también, que en los tiempos recientes parece que hay una tendencia a la obligatoriedad de la felicidad. ¿Qué opinas?

Por supuesto. ¿Quién crea nuestra realidad? Los periódicos nos dicen en qué debemos pensar. Funciona igual con nuestros padres, con la iglesia, la televisión, hasta con la educación. Cada uno tiene su propia agenda, su propia razón por la que quieren que creas algo. No existe una realidad: la realidad la hacemos nosotros. Y si te dicen que tienes que ser feliz, si te dan las fórmulas para ser feliz, entonces estás jodido porque nunca alcanzarás la felicidad, que probablemente sea estar bien en dónde estás y cómo estás. Pero no, siempre te venden algo más…

—Parece que todo lo que está relacionado a una vida feliz viene empaquetado, y opciones como el yoga se han proliferado y están en todos lados. ¿Tienes alguna postura al respecto?

Ha pasado lo mismo con el consciousness coach, eso de ser consciente del momento. Nosotros recurrimos al orientalismo para encontrar la felicidad, aunque quizás las personas que practican esas doctrinas sean los que están más cerca de ella porque se las arreglan para no querer nada. Evidentemente estoy simplificando el orientalismo de manera grosera, pero es un poco de eso. Y a los occidentales nos están vendiendo esas doctrinas adaptadas de manera new age. Pero, probablemente, la gente más feliz es aquella que, en filosofía y práctica, se las arreglan para no desear. Aquí en occidente es más difícil. Todo es mercantilismo.

—¿Y si piensas en Lima?

Lima es horrible.


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