En logística, un activo inmovilizado no genera valor. Lo hace cuando se integra correctamente a una red y cumple una función concreta. Bajo esa lógica deberíamos mirar el futuro servicio ferroviario entre Lima Centro y Lima Este.
Hoy existen 19 locomotoras, 90 coches de doble nivel y una vía ferroviaria hacia Chosica. El proyecto en evaluación contempla un corredor de aproximadamente 40 kilómetros que conectaría el Cercado de Lima, El Agustino, Ate, Chaclacayo y Lurigancho-Chosica.
Pero la discusión no debería centrarse únicamente en los trenes. La pregunta más importante es otra: ¿cuánto tiempo podría devolver este sistema a quienes viven, estudian y trabajan en Lima Este?
En la ciudad sucede algo parecido, salvo por una diferencia fundamental: una hora perdida en congestión no se recupera.
El Banco Mundial ha estimado que las demoras del tráfico representan para un limeño promedio un costo de alrededor de US$1.026 al año y que los problemas de transporte equivalen aproximadamente al 1,8% del PBI peruano. También ha advertido sobre la limitada accesibilidad al empleo mediante transporte público en Lima.
Por eso, un tren no debería evaluarse solamente por cuántos pasajeros moviliza. También debería medirse por horas recuperadas, confiabilidad, acceso al empleo, seguridad y productividad.
Hagamos un ejercicio sencillo. Si una persona que hoy utiliza tres horas diarias en determinados desplazamientos pudiera reducir ese tiempo a una hora y media, recuperaría 90 minutos al día. En 26 días serían 39 horas al mes, casi cinco jornadas laborales de ocho horas.
Ese tiempo puede convertirse en más horas con la familia, estudio, descanso o productividad.
Sin embargo, el viaje de un vecino de Chosica o Chaclacayo probablemente no termine al bajar del tren. Muchos deberán continuar hacia universidades, hospitales, centros empresariales u otros distritos. Por eso, las estaciones deben funcionar como verdaderos nodos de conexión con buses alimentadores, corredores y otros sistemas.
Sin integración tendremos trenes. Con integración tendremos movilidad.
La experiencia regional demuestra que es posible. En Chile, los servicios Nos–Estación Central y Limache–Puerto conectan zonas metropolitanas con trenes integrados con otros medios de transporte. Colombia desarrolla el RegioTram de Occidente para unir Bogotá con municipios vecinos.
Pero disponer de trenes y vía tampoco significa estar listos. Deben resolverse señalización, seguridad, cruces ferroviarios, estaciones, convivencia con carga, accesibilidad e integración tarifaria.
Y agregaría un indicador que pocas veces aparece en el debate: la confiabilidad del tiempo de viaje. Para un trabajador puede ser más valioso saber que llegará siempre en 70 minutos que tardar 50 un día y 110 al siguiente.
En logística llamamos a eso variabilidad del ‘lead time’. En la vida diaria significa simplemente saber a qué hora llegaremos al trabajo, a clases o a casa.
El reto, entonces, no es poner coches sobre una vía. Es construir una cadena de movilidad donde infraestructura, trenes, estaciones, alimentadores, horarios y pasajeros funcionen como un solo sistema.
El verdadero valor del Tren Lima Este no estará en los kilómetros recorridos, sino en las horas que pueda devolverles a sus ciudadanos.
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