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El desperdicio del desperdicio, por Enzo Defilippi

“Nuestros políticos son tan poco efectivos que nos hacen pagar [las consecuencias del populismo] aun cuando no se pueden beneficiar de él”.

Enzo Defilippi Profesor de Pacífico Business School

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“El desprestigio de los congresistas es tan grande que ninguna ley, por más populista que sea, parece detener su caída de popularidad”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)

Es obvio que para un político el objetivo de plantear medidas populistas es aumentar su popularidad. Ser agradecido, querido, y, por supuesto, votado en la siguiente elección. Poco importa que lo planteado no resuelva ningún problema o que, en muchos casos, los empeore. ¿Les funciona? Más o menos. O, mejor dicho, solo a algunos. Y bajo ciertas circunstancias.

Veamos. La última medida populista que estamos discutiendo la ha dado el Congreso, al aprobar una ley que aumenta la CTS de los trabajadores de Essalud que están bajo el régimen del D.L. 276. Se trata de una norma inconstitucional (porque el Congreso no tiene iniciativa de gasto) que beneficia a algunos a expensas de todos los demás, ya que reducirá los recursos que la institución necesita para mejorar la deficitaria atención que brinda hoy. Una ley anterior del mismo corte fue la que aumentó, también inconstitucionalmente, las pensiones de militares y policías, pretendiendo así beneficiarlos a costa de generar un forado en las finanzas públicas. Lo curioso es que, como estamos viendo, estos desarreglos no benefician políticamente a nadie. El desprestigio de los congresistas es tan grande que ninguna ley, por más populista que sea, parece detener su caída de popularidad.

Esto, la verdad, no es nuevo. Ya hemos sufrido en el pasado leyes similares que no le han generado más votos a nadie. Por ejemplo, la que permite a la gente gastarse su fondo de pensiones al final de su vida laboral. Ella se aprobó, para el beneplácito de muchos, a pesar de que hará que muchos vivan su vejez en la pobreza. Y, sin embargo, ningún partido ha podido usufructuarla políticamente. Otro ejemplo es el aumento injustificado del salario mínimo, que tampoco ha generado mejoras visibles en la popularidad de los últimos presidentes que los aprobaron.

Lamentablemente, esto no quiere decir que el populismo haya dejado de funcionar. El planteamiento de prohibir la reelección de los congresistas, por ejemplo, una medida que no ataca el problema ni de refilón, ha tenido efectos muy positivos sobre los niveles de popularidad del presidente Vizcarra.

Al parecer, para que una medida populista se traduzca en apoyo político no basta con darle a la gente lo que quiere. Tiene que ser posible identificarla con un individuo (o partido) que la gente esté dispuesta a querer. Y eso, en el Perú, es muy difícil que ocurra. Con contadas excepciones, la ciudadanía le pierde la voluntad a sus representantes poco tiempo después de que asumen sus cargos.

¿Y, entonces, por qué lo hacen? ¿Por qué insisten en aprobar medidas que generan tremendos costos a la sociedad si ni siquiera podrán explotarlas políticamente? Yo creo que ello se debe a que los políticos responden a un razonamiento similar al de quienes juegan la lotería: el boleto cuesta poco y el premio, si por esas casualidades del destino lo ganan, es grande. Los costos para la sociedad les tienen sin cuidado.

Con esto no quiero decir que el populismo se justifica cuando sí es posible explotarlo políticamente. Lo que quiero decir es que nuestros políticos son tan poco efectivos que nos hacen pagar sus consecuencias aun cuando no se pueden beneficiar de él. Y eso es un desperdicio del desperdicio.

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