El 23 de junio del 2009, la cantante folclórica Alicia Delgado fue acuchillada ferozmente por su empleado César Mamanchura, quien cumple una condena de 30 años de prisión. La justicia determinó que lo hizo instigado por otra artista vernacular, Abencia Meza, que recibió la misma pena. La prueba fue el testimonio de Mamanchura. Recientemente el asesino le habría dicho a una persona −entrevistada en un programa de televisión− que actuó sin cómplices. Vaya uno a saber si este hombre, que cambió de versión varias veces, insistirá en exculpar a la que acusó. Aún así, es improbable que un caso que pasó por cinco instancias judiciales, incluyendo dos del Tribunal Constitucional (TC), vaya a ser reabierto. Pero merece considerarse como un ejemplo en el que jueces prefieren condenar antes que admitir que no hallaron pruebas suficientes.
Abencia Meza y Alicia Delgado, de 50 y 33 años, íconos de la farándula folclórica, vivieron un romance apasionado y turbulento, que ya había terminado cuando se produjo el asesinato. Al mismo tiempo persistía la tensión producida por la dominante Abencia, quien habría celado violentamente a su pareja mientras vivieron juntas. Antes de verla en otros brazos la prefería muerta, le decía, según varios testimonios ofrecidos en el juicio. La obviedad de su conducta temperamental fue lo que animó las sentencias en su contra. Abencia se confesaba celosa hasta en sus canciones. Había disparado al aire su pistola en una actuación, hiriendo a alguien. Alicia llegó a mostrar públicamente las huellas de un golpe que Abencia le había propinado; e incluso llegó a pedir garantías en la gobernación de La Molina.
Para mayor abundamiento, Alicia grabó, rodeada de allegados, un mensaje en video en el que responsabilizaba a su expareja de lo que pudiera ocurrirle. Cuando, cinco días después del asesinato, Mamanchura confesó que mató a Alicia por órdenes de Abencia, nadie podía darse por sorprendido. Luego empezaron las declaraciones. El hijo de Alicia, Rubén Retuerto, sostuvo que su madre era golpeada por Abencia y que guardaba documentos judiciales que podían perjudicarla. Clarisa Ospina, su media hermana, dijo que Abencia se ponía agresiva con Alicia cuando tomaba, y que se negaba a devolverle el dinero de un préstamo. Su amante, Carlos Salas, afirmó saber, por boca de Alicia, que era golpeada y que ya no quería retomar la relación con Abencia pese a que esta insistía. Gaudy Martel, la hija de una antigua relación amorosa de Alicia, que formaba parte de su círculo, confirmó haber estado presente en la filmación del video en el que responsabilizaba a Abencia de lo que pudiera sucederle. Saúl Espinosa, coreógrafo del equipo de Alicia, la escuchó lamentarse de que Abencia la amenazaba: si no volvía con ella iba a terminar muerta.
Así pues, el comportamiento de Abencia, referido por terceros, vino como anillo al dedo al relato que Mamanchura hizo tras ser capturado. Dijo que el 18 de junio, por una desavenencia menor, había dejado de trabajar con Abencia, en cuyo domicilio vivía haciendo de chofer, guardián o conserje, según lo necesitara. Como Alicia ya estaba separada de Abencia y le había dicho que podía recibirlo, cambió de jefa y de domicilio, pasando a vivir con la que sería su víctima. A la vez, hacía de informante para Abencia respecto de la vida íntima de Alicia. Abencia le pidió telefónicamente matar a Alicia a cambio de un dinero cuyo monto no precisaron entonces. Debía matarla y apoderarse de una caja fuerte donde supuestamente había documentos comprometedores para la autora intelectual. Cuando fue al lugar donde habían quedado para encontrarse luego del asesinato, Abencia no se presentó. En el lugar lo recibió un desconocido que le entregó un sobre con dos mil soles dentro. Mamanchura huyó hacia el norte, donde fue capturado el 28 de junio.
Abencia lo negó todo. La fiscalía, sin ningún tipo de evidencia, conjeturó que Abencia y Mamanchura habían planeado el crimen mucho antes y que simularon un distanciamiento para que el autor material pudiera ir a vivir con Alicia. Nunca fueron demostradas las llamadas entre ambos: Mamanchura ni siquiera pudo decir desde qué teléfono se comunicó con Abencia cuando recibió la orden. Una caja fuerte referida por los testigos, que supuestamente guardaba valiosas joyas y documentos incriminatorios, jamás apareció. Los testigos presumían su contenido, nadie dijo haberlo visto. La fiscalía dedujo que se lo robaron el asesino y su medio hermano Luis Espinoza, en complicidad con una sobrina de Alicia, Toribia Delgado. Con ellos Mamanchura tuvo una continua comunicación telefónica después del asesinato (especialmente con Toribia). El desconocido al que Mamanchura dijo haberle entregado la caja y del que recibió el dinero nunca apareció ni fue identificado.
Finalmente, Mamanchura cambió su versión en el juicio oral. Dijo que acusó a Abencia porque ella contribuyó a su captura facilitándole una foto suya a la policía. Según su nueva historia, en la mañana del crimen Alicia lo echó de su casa, con expresiones humillantes, y él, enfurecido, la atacó con un cuchillo que había en la cocina. La sala penal de la Corte Superior de Justicia de Lima, que dictó sentencia el 7 de febrero del 2012, eligió la versión de Mamanchura que incriminaba a Abencia y no la que la libraba de responsabilidad, condenándolos a ambos a 30 años de prisión. Absolvió al medio hermano de Mamanchura y a la sobrina de Alicia, porque no había evidencias de robo agravado.
El problema principal con la sentencia es que convirtió en pruebas un conjunto de indicios. Ése fue uno de los agravios que la defensa de Abencia Meza planteó en su apelación ante la Corte Suprema. Sin embargo, en el mismo año, la Sala Penal Transitoria del máximo tribunal confirmó el fallo en todos sus extremos. Por unanimidad votaron José Luis Lecaros, Elvia Barrios, Víctor Prado, Inés Villa y Janet Tello, la actual presidenta del Poder Judicial. Fue entonces cuando el caso pasó al TC, que en el 2019 les enmendó la plana por haber motivado mal su resolución.
Ernesto Blume, Eloy Espinosa-Saldaña, Carlos Ramos, Manuel Miranda y Augusto Ferrero, dijeron que los juzgadores decidieron por indicios y no por pruebas. Mamanchura efectivamente incriminó a Meza, pero no fue demostrada la coordinación, las llamadas que condujeron al crimen. Hubo agresiones y amenazas, pero quien intimida no necesariamente mata. Por otra parte, el hecho de que Abencia tuviera un móvil −los celos−y Mamanchura no, era insuficiente para demostrar que este fue instigado. Por orden del TC la Corte Suprema tuvo que volver a resolver, con otros magistrados. En el 2020 decidió ratificar lo resuelto, con mayores precisiones.
Cuando la causa retornó al TC, Espinoza-Saldaña, Ferrero y Miranda, se declararon conformes con una narrativa que fue más expansiva de lo dicho por Mamanchura. La versión de Mamanchura se mantenía como columna vertebral de la condena. Quedó en el aire la probanza de cómo fue inducido por Abencia. Con estos tres votos, más el singular de José Luis Sardón, para quien el TC no debe revalorar pruebas actuadas en los juicios, la sentencia original quedó firme. En contra votaron Blume, considerando que la nueva resolución tenía los mismos vicios que la primera, y Marianella Ledesma, para quien el dicho de Mamanchura no bastaba para demostrar culpabilidad. Con la evolución que ha habido en las exigencias de la prueba por indicios, si Abencia hubiera sido juzgada hoy jamás habría sido sentenciada a partir de los informes mostrados en el 2012, uno de los cuales fue un monstruoso informe psicológico que la consideraba desviada mental por su lesbianismo. Pudo haber instigado el asesinato, pero había que demostrarlo.