Hay una serie de sentimientos que requieren el sufrimiento del otro para apuntalar una existencia carenciada y eso lo vemos tanto en el Perú como en un mundo en permanente estado de guerra. Desde la extorsión y posterior asesinato de un joven colectivero que decidió arriesgar la vida para mantener a su hijo de dos años, hasta el cargamontón contra una colega a la cual hay que ajusticiar sin piedad en las redes sociales, pasando por las torturas a animales indefensos o las detenciones a niños de cinco años –y qué decir de las ejecuciones extrajudiciales en los Estados Unidos de Norteamérica–, la crueldad impone su ley. A este sentimiento, que no solo degrada a quien lo practica, sino que trastorna todo un entorno social, se refirió directamente el filósofo Séneca (“Toda crueldad nace de la debilidad”), tutor de Nerón, quien lo obligó a suicidarse en uno de sus arranques de paranoia criminal.
Resulta una verdadera paradoja que un hijo de la Hispania romana –Séneca nació en la actual Córdoba española–, además de padre del estoicismo y gran admirador de las ciencias naturales, entre ellas la oceanografía, lograra brillar en la despiadada Roma imperial. Fue desde ahí que el autor de “Cartas a Lucilio” afirmó que los hombres debían tratarse unos a otros con bondad, un consejo que magistralmente ilustró con la poderosa imagen de un par de manos extendidas a otro sufriente, con quien obligatoriamente se debía convivir en “un gran cuerpo” planetario. Más aún, en una brillante síntesis entre la teoría ética y la práctica concreta, Séneca llegó a afirmar que, debido a una ley atávica dictada por la propia naturaleza, “nuestras manos” debían permanecer siempre listas para todo lo que debía “ser ayudado”.
Richard Davidson, especialista en neurociencia afectiva, nos recuerda que la base de un cerebro sano es la bondad. En “The emotional life of your brain”, Davidson coloca la bondad como contrapunto a la crueldad que hoy nos horroriza. Sin dejar de analizar la crueldad como la utilización del daño para obtener un beneficio propio, el neurocientífico define otras patologías sociales –la maldad, la perversidad y la malicia– en lo que denomina la “arquitectura afectiva” humana. En ese contexto, la bondad es una suerte de antídoto, con base en el cerebro, para toda una gama de comportamientos que requieren del sufrimiento ajeno para el beneficio o incluso el placer de un ego sumido en la inseguridad.
Tal como lo planteó en su momento Séneca, para quien debía existir una interdependencia constante entre los dictámenes de la ética y las prácticas en pos de un bien que debía trascender una mera individualidad, Davidson opina que la bondad es el pináculo de la inteligencia humana. Ni más ni menos que el instante en el que la inteligencia se queda sorprendida de lo que es capaz de hacer por sí misma. De ahí se deduce el rol que cumple la creatividad, pero también el contacto con un entorno redescubierto como campo de experimentación para un ser humano en estado de constante asombro. Aquí me refiero a esa naturaleza que, como la nuestra, nos maravilla pero también nos advierte de lo minúsculos que somos frente al enorme misterio de la vida. Y es por esa tendencia de pensarnos dioses, creando mil ficciones para esconder nuestras debilidades –entre ellas, que venimos con una fecha de expiración–, que el fortalecimiento de la bondad pasa por la identificación del individualismo competitivo y narcisista que ahora se expresa en una reformulación del imperialismo tecnológico. Ciertamente, en este brutal cambio de era, los que nos gobiernan –y el Perú no escapa a este sino trágico–, prosiguen con el viejo libreto de despreciar la inteligencia del otro para sacar la mayor ventaja en una relación no solamente asimétrica, sino ausente de contenido trascendente y mucho menos de verdad.
Eso fue lo que se me vino a la mente cuando el ciudadano Jerí, atrapado entre su cinismo, su ignorancia y su falta de respeto por la investidura presidencial, apareció con una frase bastante enigmática: “A veces uno hace cosas buenas que parecen malas”. Lo que me lleva a una reflexión final respecto al hecho de que una sociabilidad litigante, mafiosa y abogadil como, desafortunadamente, es la nuestra, se encuentra estructuralmente incapacitada para llevarnos al cambio de paradigma de bondad creativa y solidaria que estos tiempos sombríos urgentemente demandan. Tiempo es de revisar el modelo del conflicto permanente y de crueldad ilimitada que tanto daño nos sigue causando.
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