Más de 1,7 millones de peruanos mayores de edad se identifican con una orientación sexual no heterosexual. Esa es una de las conclusiones de la “II Encuesta Nacional de Derechos Humanos: Población LGBT”, realizada por Ipsos por encargo del Ministerio de Justicia. El reporte también nos brinda herramientas para pensar cuál es la realidad que enfrenta ese 8% de ciudadanos. Por ejemplo, nos informa que 71% de los peruanos consideran que las personas homosexuales, bisexuales y trans son muy discriminadas o discriminadas. Y que 30% no estaría nada dispuesto o estaría poco dispuesto a contratar personas homosexuales, mientras que 37% que estaría poco o nada dispuesto a contratar personas trans.
Podría comentarse muchísimo sobre los resultados de esta encuesta. Por ejemplo, podríamos detenernos en que el 19% cree que “la homosexualidad es una enfermedad”, que el 45% considera que “las personas se vuelven homosexuales por traumas en su infancia o por malas experiencias” o que el 46% opina que “una persona trans vive confundida”. O, como ha resaltado Augusto Rey el lunes en “Perú 21”, en que es “importante notar, además, que la encuesta preguntaba por orientación sexual y no por identidad de género, así que no contabiliza a la población trans o no binaria”. Pero quiero reflexionar sobre otro asunto, uno que comienza a aparecer en el momento en el que vemos la diferencia entre las actitudes hacia las personas trans y las personas homosexuales: cuando se trata de orientación no heterosexual e identidad de género no cis, algunas opciones son más incluidas que otras.
Me gustaría aprovechar esta diferenciación, que ya se revela en la encuesta de Ipsos, para hacer una pregunta que va más allá de datos cuantitativos: ¿De quién hablamos cuando hablamos de las personas LGBTI? Los llamo a pensar más allá de la encuesta, y que hagamos todos una reflexión personal sobre en quién pensamos cuando colgamos una bandera de colores en redes sociales, cuando vamos a marchar o cuando nos decimos, y sentimos, ‘personas inclusivas’.
En un momento iré a la teoría, pero en este caso quizás sea mejor partir de una reflexión: ¿Cuántas veces hemos pensando algo del tipo “yo respeto a las personas gays y trans, pero…”? Y aquí entrarán los comentarios de todo tipo: “deben saber comportarse”, “no me gusta el escándalo”, “no me gusta cuando llaman la atención”. Frases que sirven, en realidad, para excluir.
Y es aquí donde me detengo en la academia, donde se usa el concepto de homonormatividad: la idea de que hay una forma “correcta” o “adecuada” de ser una persona LGBTI. La profesora Jasbir Puar, hablando del concepto y su relación con la nación, lo pone así: “Es una faceta de la modernidad y un cambio histórico marcado por la entrada de (algunos) cuerpos homosexuales como merecedores de protección por los estados-nación”. Dicho más directamente, la homonormatividad se refiere a la idea de que las personas LGBTI son ‘aceptadas’ pero con la condición de que no se desvíen ‘demasiado’ de las normas heterosexuales. Así, las personas LGBTI en una relación monógama o que cumplen con lo que se espera normativamente de su expresión de género tienen muchas más posibilidades de no ser excluidas y discriminadas.
Hace un par de años, la escritora Joanne Spataro lo ponía de esta forma escribiendo sobre las celebraciones del orgullo en los Estados Unidos: “Especialmente en la era de Trump, está volviéndose más difícil para la gente que no se presenta como el ‘correcto’ tipo de persona queer sentirse bienvenida. Sienten una homonormatividad que avanza, la idea de que hay un modo aceptable –blanco, hombre, gay– mientras que todos los demás son marginalizados o silenciados. El contraste es claro en las celebraciones triunfantes y extáticas del matrimonio igualitario, mientras que las personas trans todavía no pueden usar un baño que respete su identidad de género. Las corporaciones están ganando con estas identidades vendiendo productos con temática gay durante el Mes del Orgullo […] pero de manera demasiado frecuente el arcoiris comienza y termina con hombres gay masculinos”. Y así lo ponía Allison Gallagher en “The Guardian”: “Es vital que nos preguntemos. ¿Quién puede ser visible cuando privilegiamos un tipo de experiencia queer como la norma? ¿Qué tipos de cuerpos son permitidos de existir en estas condiciones?”.