Es muy posible que el disgusto –y hasta la bronca– con la política sea la razón de que, según la última encuesta de Datum (22/3/26), un porcentaje muy alto de electores no haya decidido su voto. No les falta razón, tomando en cuenta el fatal comportamiento de la mayoría de los políticos.
Según la encuesta, casi el 18% dice que votará “ninguno/blanco/viciado”; y otro 18%, que “no sabe”. Cerca del 36% se ubica en estos dos bloques, mientras que otro grupo diferente responde que tiene un candidato, pero todavía puede cambiar su voto (20%). El voto rural es más escéptico aún: hasta el momento, cerca del 45% responde que su opción es “ninguno/blanco/viciado” o que “no sabe”.
Aunque, dado el alto porcentaje de quienes no han decidido su voto, cualquier situación puede cambiar radicalmente, a casi tres semanas de las elecciones los candidatos del continuismo político ocupan los lugares preferentes. Los primeros puestos son de Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga, mientras que César Acuña ocupa el quinto, con amplias posibilidades de obtener una bancada en el Senado. Los alternativos mejor ubicados frente al continuismo son Alfonso López Chau, Carlos Álvarez y Jorge Nieto.
Siendo cierto que los partidos entraron en crisis desde fines de la década de 1980, en el Perú no han dejado de construirse movimientos políticos. En campaña, Alejandro Toledo construyó una esperanza de cambio que desperdició. Alan García ganó (2006) teniendo como lema “Cambio responsable”. Ollanta Humala surgió en el 2000 proponiendo desarrollo e inclusión, y con esa divisa se mantuvo vigente hasta el final de su gobierno (2016). Pedro Pablo Kuczynski expresó el humor optimista del capitalismo ultraliberal y globalizador del momento. Pedro Castillo gobernó muy mal, pero durante la campaña conquistó una sólida empatía, sobre todo con el voto rural, enarbolando aquello de “no más pobres en un país rico”.
Los días finales de la campaña reclaman más claridad en las propuestas centrales de los candidatos. El reto es, sobre todo, en este momento, despertar más esperanza y lograr empatía con los escépticos. El cambio compulsivo de presidentes, en los últimos años, ha generado más pesimismo en la política y en el futuro del país. Por eso, urge cambiar el tono de que todo está mal y seguirá igual. Este ambiente ciudadano afecta a quienes apuestan seriamente por mejorar la situación. Un país temeroso, descreído y polarizado, solo creerá en políticas facilistas como la “mano dura”.
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