Siete pecados capitales de la inmigración, por Francisco Miró Quesada Rada

“Llama la atención que en esta era de la globalización las fronteras no estén abiertas para las personas sino para las cosas”.

    Francisco Miró Quesada Rada
    Por

    Exdirector de El Comercio

    Resumen

    Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

    (Ilustración: Giovanni Tazza)
    (Ilustración: Giovanni Tazza)

    En el mundo antiguo los pasaportes no existían o eran una excepción. Esta sana costumbre siguió en el siglo XIX, salvo en países como Rusia y en el Imperio Otomano que eran de los pocos que lo emitían y exigían a los foráneos. Estos eran tramitados por los consulados.  

    Es decir, hasta comienzos del siglo XX, incluso hasta la Primera Guerra Mundial, la gente podía circular por la mayoría de países sin ese documento que se porta para pasar de una frontera a otra. Es cierto que antes no se viajaba como ahora –no existían las aerolíneas ‘low cost’– y solo lo hacían los adinerados. 

    Fue la Primera Guerra Mundial la que generó el uso indiscriminado de pasaportes y lo convirtió en norma internacional en una conferencia celebrada en 1920 en París. Desde ese momento, los seres humanos que querían pasearse por el mundo o migrar de un país a otro se vieron apabullados de visados, controles fronterizos y registros como si se tratara de delincuentes. 

    Llama la atención que en esta era de la globalización las fronteras no estén abiertas para las personas sino para las cosas. También para la información, que circula a vuelo de pájaro gracias a Internet. 

    En el siglo XXI todo circula libremente, menos lo más importante: las personas. Y ahora más aun porque se han afincado varias creencias negativas contra los inmigrantes. Algunas pruebas al canto sobre estas creencias las extraemos del libro del intelectual y periodista belga Rutger Bregman “Utopía para realistas”: 

    1) Son todos terroristas: desde luego que no. Creer esto es una reverenda tontería. Dice el autor: “Entre 1975 y el 2015 en Estados Unidos las probabilidades anuales de morir en un ataque perpetrado por extranjeros o inmigrantes era de solo 1 entre 3’609.709”. 

    2) Son todos delincuentes: tampoco. Según Bregman: “Resulta que la gente que empieza una nueva vida en Estados Unidos comete menos delitos y acaba en prisión con menos frecuencia que la población nativa”. Y también: “La correlación entre origen étnico y delincuencia es precisamente cero”. 

    3) Socavan la cohesión social: “La diversidad no es culpable de la falta de cohesión en la sociedad moderna”. Entonces, el autor se pregunta cuál es el motivo. La respuesta cae por su propio peso: “La pobreza, el desempleo y la discriminación”. 

    4) Nos quitarán los empleos: “Las mujeres productivas, los ancianos o los inmigrantes no desplazan de sus empleos ni a los trabajadores adultos, ni a los jóvenes ni a ningún ciudadano que se aplique en su trabajo. De hecho, crean más oportunidades de empleo. Una fuerza laboral más grande supone más consumo, más demanda y más puestos de trabajo”. 

    5) La mano de obra barata forzaría al descenso de los salarios: Diversas investigaciones del Centro de Estudios de la Inmigración y del Banco Mundial han demostrado que la inmigración no tiene ningún efecto sobre los salarios. Incluso en algunos casos ha repuntado los ingresos de la mano de obra local. En Europa se demostró que era la emigración y no la inmigración la que tenía un efecto negativo en los salarios. Estos datos, entre otros sobre este punto, ofrece Bregman. 

    6) Son perezosos para trabajar: “Nada demuestra que los inmigrantes tengan mayor tendencia a solicitar ayuda que los ciudadanos nativos”. En general, el valor neto de los inmigrantes es casi enteramente positivo, indica Bregman. En países como Austria, Irlanda, España e Inglaterra, incluso aportan más ingresos fiscales per cápita que la población nativa. 

    7) Nunca volverán a su país: Durante la década de 1970, 7 millones de mexicanos cruzaron la frontera a Estados Unidos, pero luego con el tiempo regresó el 85% de ellos a su país. Desde que se empezaron a construir barreras, y utilizar cámaras, drones y policías fronterizos, el 70% se queda, informa el autor mencionado. 

    ¿Por qué la gente cree entonces en estos supuestos siete pecados capitales de la inmigración? Porque el discurso del miedo, el odio y la divulgación de falsas creencias se han consolidado mucho más que la demostración científica. Estamos en la era de la posverdad (pero es solo una era, ya terminará). 

    Hoy 28 de diciembre no hago una inocentada. Mientras tanto, les deseo un feliz Año Nuevo a pesar de la crisis política, del vía crucis que ha pasado usted para sacar visa, pasaporte y luego ser escaneado en algún aeropuerto en Estados Unidos o en otros lugares del mundo. Abrigo la remota esperanza de que mi nieto Mateo, que tiene solo 2 añitos, no necesite pasaporte cuando sea más grande y se pasee libremente por el mundo, como ciudadano global. En el siglo XIX también había cosas buenas.