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Editorial: Con la misma

La ruta de competitividad del país merece propuestas concretas.

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La semana pasada el Ejecutivo prepublicó el Plan Nacional de Competitividad y Productividad.

Entre quienes encontraron acertado el discurso de Fiestas Patrias del presidente Martín Vizcarra, se resalta la atención a medidas específicas que aterrizan temas que en anteriores mensajes no pasaban de elucubraciones abstractas. Así, por ejemplo, el “mejoramiento del sistema político” tuvo su correlato específico en una consulta ciudadana sobre el financiamiento privado de partidos, la bicameralidad y la prohibición de la reelección parlamentaria. Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo con las medidas planteadas por el mandatario, pero la materialización de intenciones que en ocasiones no pasan de ser gaseosas sin duda se agradece.

Lamentablemente, la atención a la medida específica y aterrizada no tuvo un paralelo adecuado en el plano económico, específicamente en lo que respecta al impulso de la competitividad. Durante su discurso, el presidente Vizcarra destacó que –un día antes– el Ejecutivo había “prepublicado el Plan Nacional de Competitividad y Productividad para recibir aportes y comentarios de todos”.

Sin embargo, como se ha comentado en este Diario, existe en este documento un espacio demasiado amplio entre sus intenciones y las aplicaciones prácticas de política pública. Para los temas abordados –infraestructura, capital humano, mercado laboral, instituciones, entre otros– hay un diagnóstico extenso y bien fundamentado de la problemática y limitaciones, pero difícilmente se encuentra la manera de implementar soluciones.

Por ejemplo, el primer capítulo, relacionado con el sector infraestructura, concluye con los siguientes ejes de acción: “1. Planificación de inversiones orientadas al cierre de brechas (de servicios y calidad) y resiliente ante desastres naturales. 2. Formulación y ejecución de proyectos con procesos eficientes, que aseguren infraestructura de calidad, acompañado de rendición de cuentas. 3. Fomentar la sostenibilidad de los proyectos”. El plan no incluye mayores detalles sobre cómo se alcanzarían estos objetivos ni indicadores de progreso ni cronogramas. Los siguientes capítulos tienen un nivel similar de desarrollo de las propuestas.

Es cierto que se trata de una prepublicación, y que un solo documento no puede aspirar a diseñar todos los detalles de ruta de un asunto tan intrincado como la competitividad de un país. No obstante, queda la sensación de que es posible ir mucho más allá en las políticas específicas que el país requiere, incluso como primera aproximación. Documentos consensuados, acuerdos de ancha base y diagnósticos integrales han abundado en las últimas décadas; lo que necesita la competitividad y productividad del país son propuestas concretas –como las que destacó el presidente Vizcarra para otros ámbitos durante su discurso– y voluntad política suficiente para llevarlas a cabo.

En cualquier caso, el documento debería servir cuando menos para empezar una discusión sincera y urgente que ha sido abandonada en la agenda pública desde hace años. No existe piloto automático, si es que alguna vez existió. Hoy el crecimiento económico y el desarrollo de las familias peruanas pasan por tomar en serio los cuellos de botella de nuestro sistema productivo y encontrar políticas concretas para hacerles frente –desde el mercado laboral hasta el financiero o el sistema tributario–. Las reformas del sistema político y de justicia que hoy se debaten son parte fundamental de la agenda, pero no la agotan. La agenda integral de competitividad espera su turno.

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