"Las historias de muerte nos siguen golpeando en estas semanas, aunque cada vez más espaciadas" (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
"Las historias de muerte nos siguen golpeando en estas semanas, aunque cada vez más espaciadas" (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
Enrique Planas

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Cuando llegué a la clínica, pensaba, para animarme, que mi padre era una hierba mala y resistente. Esa era mi esperanza. La recuerdo a casi 30 años de distancia, sin saber que no alcanzó con vida la sala de operaciones, que los esfuerzos médicos para lograr estabilizarlo no fueron suficientes. Tenía 23 años y enfrentar un funeral pocas horas después resultaba casi absurdo para mí, tanto como llamar a los parientes para anunciar la mala noticia cuando uno solo busca desaparecer. Es en esos trances cuando aprendes que los ritos, entre otras cosas, sirven para obligarnos a cumplir nuestras responsabilidades individuales en el doloroso proceso grupal de aceptar la ausencia. Nos enseñan, simplemente, a estar allí.

En estos 19 meses de emergencia sanitaria, cuando la muerte se nos convirtió en noticia que apena, pero no sorprende, los ritos se han quedado casi sin voz. Hemos dejado de escuchar sus dictados y seguir sus tradiciones a causa del obligatorio distanciamiento. Hasta ahora, a menos que la tragedia nos toque de forma muy cercana, ya nadie se siente obligado a ir a funerales. Y, sin embargo, la enorme procesión avanza por dentro: todos tenemos atravesada en la garganta la historia del familiar o del buen amigo aislado en su cama, intentando respirar conectado a diversos aparatos, a medio camino de convertirse en una pieza más de aquella maquinaria oxigenatoria. En los tiempos de incertidumbre extrema, solo nos quedaba preguntarnos si no sería aquella imagen un reflejo de lo que nos esperaba en breve.

Las historias de muerte nos siguen golpeando en estas semanas, aunque cada vez más espaciadas. Instantes antes de escribir estas líneas, apuré otras dedicadas a dos amigos que acaban de anunciar en redes la partida de sus padres. Otro, sin embargo, me envía por ‘inbox’ la foto de su primogénito, nacido ayer, como si el mundo fuera un paisaje libre de tóxicos. Y yo le he dicho, como si nada malo nos hubiese ocurrido: qué cachetitos tiene, es igualito a ti. Hay que juntarnos a fumar un puro. Y después de tantos lugares comunes para compartir una alegría también común, pensé: desde cuándo los habanos se usan para que los padres primerizos celebren la llegada de un bebe.

No me interesa la respuesta exacta, pero en esa duda encuentro la urgencia que todos sentimos por empezar a reactivar los ritos. Cuando empezamos a sacudirnos y abrir las puertas, cuando nos ilusionamos en que se aproximan tiempos de renacimiento, queremos fumar por la vida y participar en funerales: recibir a los que llegan, despedirnos, en cuerpo presente, de los que ya no están. Es decir, volver a estar allí.