En los últimos años, Pérez de Cuéllar publicó “Memorias. Recuerdos personales y políticos” (Aguilar, 2012 ) y la novela “Los Andagoya” (Penguin, 2014 ). (Foto: Getty Images)
En los últimos años, Pérez de Cuéllar publicó “Memorias. Recuerdos personales y políticos” (Aguilar, 2012 ) y la novela “Los Andagoya” (Penguin, 2014 ). (Foto: Getty Images)
Fernando Vivas

Columnista, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

Esta crónica elaborada por Fernando Vivas fue publicada el 19 de enero del 2020 con motivo del cumpleaños número 100 del ilustre peruano Javier Pérez de Cuéllar. Ayer, el ex secretario general de la ONU y ex primer ministro falleció en su domicilio.

Se preparó para crecer fuera de su país. Bueno, eso lo hace cualquier diplomático; pero él iba a ser uno muy especial. Su primera misión fue en el París recién liberado de 1946, como tercer secretario de nuestra embajada. Un nuevo mundo se abrió en el Viejo Mundo para él y para su generación: vendrían la consolidación de la Liga de Naciones, la Guerra Fría, el terrorismo, las balcanizaciones y los fundamentalismos.

(JPC) no perdió tiempo en París. Se casó con una francesa, Yvette Roberts, y tuvo a Francisco, que nació allí, y a Cristina, más conocida como Pitusa, que nació unos años después en Londres. La familia saltó entre Londres y París, entre La Paz y Río, vino a Lima y partió para Berna, Suiza, donde el padre asumió su primer puesto de embajador.

Paco y Pitusa me reciben en la casa de San Isidro, donde vive su padre. Él no puede recibir, su salud no lo permite. “[Hasta hace unos años] mi padre estaba muy bien. Aquí mismo estuvo sentado Ban Ki-moon [secretario general de la hasta el 2016], conversando con él, cuando vino a una cumbre [en el 2014]”, cuenta Pitusa.

Paco saca la cuenta vital, y dice: “Después del Perú, Francia es donde más ha vivido mi papá”. A pesar de que sus hijos no nacieron en el Perú y, como su padre, vivieron en distintos países, se han asentado en Lima. La sala en la que conversamos está llena de souvenirs y premios de todo el planeta; pero lo que más destaca es un cuadro de gran formato de Fernando de Szyszlo, de su serie llamada “El innombrable”. “Estuvo colgado 10 años en el despacho del secretario general de la ONU”, dice Paco. Una muy peruana abstracción acompañaba a JPC cuando miraba al East River desde la torre de la ONU en Manhattan.

José Antonio ‘Joselo’ García Belaunde, excanciller y estrecho colaborador de JPC desde que trabajó bajo sus órdenes en la misión peruana en las Naciones Unidas, dice: “Se sentía muy peruano; siempre tuvo la idea de que era un diplomático peruano, de que le debía muchas cosas al país”. Como ejemplo de ello, García Belaunde cuenta que JPC, siendo secretario general, hizo gestiones para que el FMI retrasara la declaración del valor deteriorado de la deuda peruana. Paco y Pitusa recuerdan que a fines de julio de 1990, cuando apenas había jurado, invitó a su padre a Palacio de Gobierno y ellos lo acompañaron. Pérez de Cuéllar aún lideraba la ONU, y le ofreció a Fujimori gestionarle una reunión con los líderes de las multilaterales financieras. Que unos años después se enfrentara electoralmente con Fujimori fue un avatar de la historia nacional.

–El baloteo y la gloria–

JPC tenía razones para sentirse a gusto con su institución. Había estado en embajadas emblemáticas, y en nuestra misión en Nueva York se le abría la posibilidad –alentada por Torre Tagle, o sea nuestra cancillería– de asumir pedidos de la ONU. Así fue que Kurt Waldheim, entonces secretario general, le encargó una misión en Chipre. Unas temporadas después, lo hizo subsecretario de la ONU, su brazo derecho. Además, cuenta García Belaunde que años atrás, en una reunión del Grupo de los 77 que le tocó conducir en Nueva York pues el Perú tenía la presidencia ese año, los chinos le habían planteado la posibilidad de que él fuera su candidato, pues no querían a Waldheim. En ese momento, ni Pérez de Cuéllar ni Torre Tagle alentaron esa alternativa.

De todos modos, JPC, a decir de García Belaunde, “era el ‘dark horse’” que sorprendería unos años más tarde arribando a la cumbre de la diplomacia. Antes que él, solo otro peruano, Víctor Andrés Belaunde (VAB), había ocupado un cargo de gran envergadura, pues fue presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas entre 1959 y 1960. VAB fue una figura magnética de la diplomacia peruana, a la par que Raúl Porras Barrenechea. Joselo, su nieto, cuenta que los diplomáticos peruanos se ubicaban bajo el ala de uno u otro, y JPC fue tributario de VAB.

En octubre de 1981, Fernando Belaunde propuso a Pérez de Cuéllar como embajador en Brasil. Es más, el presidente Joao Figueiredo estuvo de visita en Lima y Belaunde le presentó a JPC como su inminente embajador. Sucede que, en aquel entonces, el Senado debía validar los nombramientos de embajadores. A pesar de que JPC tenía cierta simpatía con Acción Popular, el partido de gobierno, el senador Sandro Mariátegui lideró una corriente en contra de su nombramiento que también contagió a Javier Alva Orlandini, el segundo del partido.

Pérez de Cuéllar fue baloteado e inmediatamente pidió su retiro del servicio diplomático peruano. “Es orgulloso”, dicen al unísono sus hijos cuando evocan el incidente, pero también recuerdan que su padre “tomaba las cosas con mucha serenidad”. “Tenía sangre de horchata”, dice Paco, como sinónimo de sangre fría. Semanas después del incidente, fue elegido secretario general de la ONU, y los senadores que lo vetaron se tragaron el sapo.

Pregunto a García Belaunde qué hubiera pasado si lo nombraban a Brasilia. “Nada, la ONU igual lo iba a llamar y él iba a aceptar”. Y, por supuesto, como en efecto sucedió, el pueblo y el Gobierno Peruano iban a minimizar el incidente en el Congreso y aplaudir la extraordinaria distinción.

–Convencido–

Tanto sus hijos como la mayoría de sus amigos se sorprendieron de que en 1995 el exlíder de la Liga de Naciones aceptara postular a la presidencia del Perú. Paco, que estaba viviendo en Lima, me dice que “no tenía ninguna chance”. Pitusa recuerda que le dijo que no estaba de acuerdo. Entre quienes lo convencieron de lanzarse y, además, de fundar un partido para respaldar su candidatura, estuvo Alfredo Barnechea, quien era yerno de su segunda esposa.

García Belaunde es tajante: “No había estado viviendo en el Perú; no vio que era imposible vencer al que había derrotado al terrorismo y a la inflación. Me sorprendió, porque JPC era un hombre muy seguro de lo que hacía, no daba pasos en falso”. Pitusa recuerda que la campaña empezó en Puno, por idea del difunto Carlos Chipoco. El plan era subrayar que un hombre de 75 años podía soportar muy bien los rigores de una gira por el Perú alto y profundo. Por eso, lo acompañaba Roger Guerra García, un médico que también fue congresista por Unión por el Perú (UPP), ese partido fundado para la ocasión y del que luego JPC se desvinculó por completo (hoy es un persistente vientre de alquiler).

Aunque fue el segundo más votado, perdió ante Fujimori en primera vuelta. “Nada lo alteraba, lo tomó con toda serenidad”, recuerdan sus hijos. Se fue a vivir su jubilación a París. Pero faltaba una nueva llamada del Perú, la de Valentín Paniagua, pidiéndole ser primer ministro del breve gobierno de transición. Aceptó siendo ya octogenario. Pitusa cuenta que su padre la volvió a sorprender, pero lo acompañó en su vuelo desde Europa, a cumplir su doble papel, pues, además, pidió oficiar de canciller. Acabada la transición, tomó otra doble misión: nuestras embajadas en París ante Francia y ante la Unesco.

Unas temporadas después, hizo el viaje a la semilla, trasladándose definitivamente a Lima, a su casa en San Isidro. Justo cuando me despido de sus hijos, llega una visita inesperada. Es el Dr. Rubio, un amigo de la juventud, que viene a visitar a JPC. Pitusa excusa a su padre. Rubio cuenta que en pocos días también cumplirá 100 años. Por un momento, da la impresión de que el exjefe de la ONU nunca hubiera dejado el barrio.

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