¿Alguna vez te has preguntado si realmente tienes hambre o solo comes por costumbre, ansiedad o aburrimiento? En una sociedad que estimula a comer sin pensar, reconectar con el apetito real se vuelve un reto.
LEE TAMBIÉN | Entrenar para la vida: cómo la incomodidad moldea tu mejor versión y es clave para crecer
Una herramienta poderosa es hacer una pausa antes de comer: respira y pregúntate si tienes hambre o solo necesitas cambiar de emoción. Este gesto simple puede marcar la diferencia.
Aprender a reconocer las señales físicas del cuerpo es clave. El hambre real aparece de forma gradual, se siente en el estómago y puede calmarse con alimentos nutritivos. En cambio, el hambre emocional es repentina, ansiosa y específica: suele estar ligada a antojos como chocolates o pan.
También es útil observar tus horarios y patrones. Muchas veces comemos solo porque “es la hora” o porque alguien nos ofreció algo, sin sentir hambre. Detectar estos automatismos nos permite vivir más presentes y conscientes.
Evita estímulos visuales al comer. Usar el celular, ver televisión o trabajar frente a la computadora nos desconecta del acto de comer y dificulta percibir la saciedad. Sentarse a la mesa, masticar lento y estar presente ayuda a comer lo necesario y sentirse satisfecho.
Identificar gatillos emocionales —como estrés, cansancio o frustración— también es esencial para entender porqué comemos sin hambre.
El objetivo no es dejar de comer por placer, sino hacerlo con conciencia. Comer puede ser un acto de autocuidado cuando lo hacemos desde el respeto y la escucha interna. Alimentarnos con atención es una forma de decirnos: me cuido, me escucho y merezco sentirme bien. //