La mala noticia es que los años no terminan. Por una mezcla de convención y sortilegio, se piensa que cada 31 de diciembre caduca el año en curso. A eso se suma la superstición general de que, traspasada esa última medianoche, el aire impoluto del nuevo año arrasa las energías negativas del ciclo previo. Es el acto de magia o de fe al que ritualmente nos inclinamos; de ahí tanta vestimenta amarilla, tantas uvas debajo de la mesa, tantas cábalas destinadas a provocar la sensación de borrón y cuenta nueva, de página que se pasa o, mejor aún, de libro que se cierra.
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Lo que en rigor acaba no es el año (“la vida no sabe nada de años”, escribió Bukowski), sino el almanaque que nos ha servido para contabilizar y designar sus doce meses y trescientos sesenta y cinco días. Si lo vemos con frialdad, la vida es un continuum que, por una cuestión de organización cronológica, dividimos en semanas, meses, años, lustros, décadas y siglos. Lo hacemos así desde que se inventó el calendario gregoriano, instrumento sin el cual no podríamos contar la historia de nuestros pueblos; ninguna historia en realidad. No sabríamos con exactitud cuándo empiezan y concluyen las estaciones. Nos resultaría inviable hablar de horizontes tempranos, etapas ni periodos. No tendríamos fechas de nacimiento ni de muerte. No tendríamos edad. Necesitamos medir el tiempo y necesitamos que los años pasen. Sobre todo los malos.
Por eso, aunque la frontera que se traspone cada 31 de diciembre es ilusoria, no podríamos decir que es irreal. Uno cree que el año viejo se va, y lo cree con una convicción tan arraigada que el año viejo, en efecto, se va o parece irse y acabamos convirtiéndolo en la clásica caricatura de un anciano reumático que antes de depositar sus huesos al lado de los años pasados le cede la posta al brioso niño que lo sucederá.
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Variarán los números en los relojes y celulares, pero no se engañen: el 2020 continuará tal cual. Los primeros días de enero de 2021 nada habrá variado lo suficiente como para pensar que lo peor ya quedó atrás. Varios especialistas sanitarios auguran que, de llegar una segunda ola de COVID-19 al Perú, lo haría a fines de diciembre, de modo que el año recién estrenado podría verse rápidamente impregnado de la mala fama de este. Y aun si no hubiese segunda ola, seguiremos obligados a protegernos hasta que el virus pueda controlarse, es decir, mantendremos vigentes hábitos que hace un año eran exagerados y este año se volvieron imprescindibles.
Dicho todo esto, lo único que podría hacer que el 2021 marque de verdad el inicio de una nueva época es nuestra voluntad. Pero esta debe ser férrea, tenaz, no limitarse a los endebles buenos propósitos típicos de diciembre. Mark Twain decía al respecto: “Este es el momento aceptable para hacer los usuales buenos propósitos de cada año. La semana próxima podrás volver a pavimentar el camino al infierno con ellos, como siempre”.
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Cuando den las 12 del día 31, no bastará con decirnos como siempre “feliz año nuevo” ni hacer un listado de promesas. Para tener un año nuevo, ojalá que distinto, eventualmente feliz, más que desearlo habrá que construirlo como se construye una casa, ladrillo sobre ladrillo, con la paciencia que ya no tenemos y la ilusión que estamos a punto de perder. //
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Se busca impedir que las personas se concentren demasiado en las playas de la Costa Verde, para evitar más contagios de la COVID-19.