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Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal)

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Resumen

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal)
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Por Luciana Olivares

Mi profundo amor por la lectura no se lo atribuyo a una profesora inspiradora en el colegio ni a algún momento revelador como vemos en las películas, sino a un antipático primo. Todos los fines de semana de mi infancia los pasaba en la casa de campo de mis abuelos en Santa Eulalia, a una hora de Lima. Los viernes en la tarde, mi papá y mi mamá venían de la oficina y junto a mi hermano Daniel, cuatro años menor que yo, cargábamos nuestros maletines de ropa y juguetes para pasar todo el fin de semana con nuestros abuelos maternos. Pero lo que más nos hacía ilusión era encontrarnos con nuestros primos de la casa de enfrente, que coincidentemente tenían nuestras mismas edades. Yo empacaba mis Barbies y Daniel sus muñecos He Man, que yo a veces me robaba para que sean los galanes de mis muñecas a falta de suficientes Kens. Y si bien nos íbamos al campo en el medio de la nada, recuerdo que para ese fin escogía mis mejores polos, tratando de que combinen bien con el par de shorts que llevaría. Tanta preparación y coquetería no se debía a algún chico guapo del vecindario campestre. No solo porque los que nos rodeaban eran puros árboles de palta, gallinas y un gallo que tenía que inmolarse con todas, sino porque a esa edad ni siquiera pensaba en chicos.