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Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal)

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Resumen

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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Por Luciana Olivares

Mi relación con Feroz comenzó por Internet. No fue Tinder, aunque esos ojos penetrantes y pelo negro azabache hubieran podido hacer peligrar hasta mi estado civil. Para ser exacta, la primera vez que lo vi fue en OLX, luego de que, a insistencia de mi hija por tener una mascota, pusiéramos la palabra “pomerania” en Google y me llevara a dicho e-commerce. Escogimos esa raza luego de una exhaustiva investigación sobre las características que debería tener el nuevo integrante de nuestra familia (otra vez en Google) y un contundente interrogatorio por WhatsApp a mi amigo Pancho Cavero. Ahora que lo veo en retrospectiva, ese video de presentación que publicó el vendedor no le hacía justicia, estaba algo despeinado y legañoso y ese pelaje negro lo hacía parecerse demasiado a Pepe le Pew, el zorrillo de los dibujos animados de mi infancia, pero su mirada furiosa y varonil no solo me hizo querer conocerlo, así tuviera que irme a los quintos infiernos, donde quedaba la veterinaria que lo vendía, sino que también me hizo bautizarlo, sin habernos conocido, con el nombre de Feroz.