El Perú atraviesa una crisis de confianza sin precedentes. Las cifras del Edelman Trust Barometer 2025 son el reflejo de un país que ya no cree ni en sus líderes, ni en sus instituciones, ni en la promesa del progreso compartido. Ocho de cada diez peruanos sienten que el sistema los ha dejado atrás, mientras que la confianza en el estado alcanza apenas un 21%. El empresariado, por su parte, obtiene un 51%, un nivel que lo sitúa como el único actor considerado competente, pero aún insuficientemente ético.
El Perú atraviesa una crisis de confianza sin precedentes. Las cifras del Edelman Trust Barometer 2025 son el reflejo de un país que ya no cree ni en sus líderes, ni en sus instituciones, ni en la promesa del progreso compartido. Ocho de cada diez peruanos sienten que el sistema los ha dejado atrás, mientras que la confianza en el estado alcanza apenas un 21%. El empresariado, por su parte, obtiene un 51%, un nivel que lo sitúa como el único actor considerado competente, pero aún insuficientemente ético.
La pérdida de confianza no es un fenómeno reciente. Décadas de inestabilidad política, vacancias presidenciales, escándalos de corrupción y desigualdad han erosionado la legitimidad de casi toda forma de autoridad. Sin embargo, en un contexto en el que los gobiernos parecen incapaces de generar cohesión, el sector privado enfrenta una responsabilidad ineludible: reconstruir la confianza social desde el ejemplo, la ética y la empatía.
Según Edelman, el Perú lidera en Latinoamérica los niveles de desconfianza hacia el gobierno (82%) y hacia los empresarios (76%). Apenas tres de cada diez ciudadanos consideran que el activismo hostil es un medio legítimo para impulsar cambios, una cifra menor al promedio latinoamericano, pero significativa al revelar una sociedad cansada de promesas incumplidas. Lo más preocupante es la percepción de injusticia estructural: la mayoría cree que el sistema favorece a los ricos, y que los negocios y el gobierno actúan en su propio beneficio.
En este contexto, el Perú se enfrenta a una paradoja. Mientras la desconfianza hacia las instituciones públicas y los medios de comunicación aumenta, las empresas emergen como las únicas instituciones percibidas como competentes. Pero competencia sin ética es insuficiente para sostener legitimidad. No se trata solo de producir, generar empleo y pagar impuestos: se trata de construir una narrativa de propósito que trascienda la rentabilidad.
Sin embargo, muchas compañías aún operan bajo una lógica defensiva: evitar el conflicto, mantener la distancia, minimizar su exposición. Pero el silencio ya no protege. En una era donde la reputación se construye y destruye en redes sociales, la legitimidad empresarial depende de la capacidad de comunicar con transparencia, asumir errores y demostrar un compromiso tangible con el bienestar colectivo. Son loables los esfuerzos que hoy hacen instituciones como Capitalismo Consciente, Empresarios por la Integridad y otros, aunque todavía son esfuerzos pequeños en relación a la inmensidad de la tarea y muchas veces vilipendiados por la misma comunidad empresarial, que piensa que no tomar posición es “más seguro”.
Reconstruir la confianza no es un gesto filantrópico; es una estrategia de supervivencia y sostenibilidad. El liderazgo empresarial debe evolucionar desde tres ejes complementarios: educación, ejemplo y empatía.
Primero, educar y educarnos. La confianza nace del entendimiento mutuo. Las empresas pueden y deben contribuir a formar ciudadanos críticos, no solo consumidores. Invertir en educación, fomentar el pensamiento ético y colaborar con instituciones académicas son formas concretas de construir capital social. Iniciativas como ‘Enseña Perú’ o los programas de becas de Intercorp y Credicorp muestran que el sector privado puede ser motor de inclusión educativa.
Segundo, liderar con el ejemplo. No basta con declaraciones institucionales o campañas de responsabilidad social. La ética empresarial se demuestra en la coherencia diaria: en el trato justo a los trabajadores, en la equidad de género dentro de las organizaciones, en el cumplimiento tributario sin evasiones creativas. Empresas como Caja Arequipa han comenzado integrar objetivos de sostenibilidad en su modelo de negocio.
Tercero, ejercer influencia desde la empatía. El poder económico ya no se impone: se gana. Los líderes empresariales deben comprender que la influencia genuina proviene de escuchar, entender y responder a las preocupaciones reales de la ciudadanía. En un entorno de polarización, mostrarse humano y accesible puede tener más impacto que cualquier discurso tecnocrático. La confianza se construye de abajo hacia arriba.
Como advierte Edelman, la influencia hoy se gana con empatía, no demostrando poder. El Perú necesita líderes empresariales capaces de escuchar, de comprometerse con el bienestar de las comunidades y de anteponer el largo plazo al beneficio inmediato. Solo así será posible reconstruir el puente roto entre progreso económico y progreso social. Porque sin confianza, no hay desarrollo que perdure.
OpiniónBasada en la interpretación y juicio de hechos y datos hechos por el autor.
