Esta semana, Perú fue eliminado del Mundial de Fútbol el mismo día en que clasificó a las semifinales del Mundial de Desayunos. Mientras la selección de Óscar Ibáñez –con el frigorífico ‘Canchita’ González como volante teóricamente creativo– era humillada en Uruguay por las clasificatorias, el pan con chicharrón y el tamalito se impusieron ante el difícil bolón de verde ecuatoriano en el torneo alimenticio organizado por el creador de contenido español Ibai Llanos. La derrota y el triunfo nunca estuvieron tan de la mano, una paradoja que podría sintetizarse con una seguidilla de las más predecibles frases hechas: desde «inofensivos en la cancha, imbatibles en la mesa» hasta «donde falta el gol, sobra el buen gusto», pasando por «solo el plato nos dará la Copa».
En la siguiente fase de la apuesta gastronómica internacional, los representantes nacionales tendrán que enfrentarse a la siempre peligrosa marraqueta con palta chilena (rival inferior en el papel, pero que podría dar el batacazo). Y si superamos esa instancia, nuestros abanderados –el chicharrón, el tamal– medirán fuerzas con el vencedor del duelo alimenticio entre Venezuela y Bolivia, países que pondrán sobre el tapete lo mejor de su recetario diurno. Los primeros pelearán la semifinal con dos arepas –una pepiada con huevo, otra rellena de carne mechada–, flanqueadas por el célebre maltín; y los segundos apelarán a un combo ultraofensivo: dos empanadas salteñas, un clásico pastel altiplánico y el veterano api.
¿Por qué los peruanos nos hemos abalanzado con entusiasmo sibarita a esta competición internacional de glotones (que, como todo concurso online, se decide mucho menos por textura o calidad y mucho más por likes y algoritmos)? Diría que por necesidad, o por algo parecido a la subsistencia del ánimo. Como en tantas otras coyunturas, agotados de mirar cómo se caen a pedazos las pocas columnas del patio interior del país que quedan en pie, hoy también necesitamos un refugio, una distracción, un punto en el horizonte que nos ayude a creer o recordar que somos buenos en algo, que cierto talento tangible debe sernos reconocido, y que entre todos tenemos siquiera un elemento en común
Ese papel integrador solía cumplirlo la selección. En la última década, el proceso que derivó en la clasificación al Mundial de Rusia (2016-2018) y la campaña que acabó en la casi clasificación a Qatar (2019-2022) fueron experiencias colectivas que nos llenaron de alegría, orgullo, identidad, y que despejaron, con relativo éxito, la nube negra dejada por el divisionismo político.
Digo «relativo éxito» porque llegó un punto en que también la selección peruana se politizó: no olvidemos que durante la segunda vuelta del 2021 varios jugadores (entre ellos Farfán, Zambrano, Edison Flores) respaldaron, públicamente, la narrativa instalada por el sector de la derecha: había que «defender la democracia» ante la «amenaza del comunismo». Hasta la querida camiseta blanquirroja se convirtió en un símbolo de pugna luego de que la candidata Fujimori la utilizara con grotescos fines políticos.
Pero ese pleito pasó y todos volvimos a querer a la selección y a depositar en ella los restos de nuestra fe, aunque sea sin Gareca, aunque sea con Reynoso, o con Fossati, o con Ibáñez. El tema es que ahora, después del 0-3 en Montevideo, nos hemos quedado sin la coartada del fútbol. Se le acabó la cuerda al juguete. Y sí, es verdad que la selección llevaba largos meses infligiéndonos decepción tras decepción, pero la sola posibilidad aritmética o algebraica de volver a un Mundial nos hacía abrigar una esperanza de utilería. Todo este tiempo no hemos sido otra cosa que un puñado de náufragos con hipotermia sentados alrededor de una fogata enclenque, cuyo último leño apenas si despedía un vago calor.
Arruinado el sueño húmedo de la clasificación, ahora solo nos queda saciar el hambre de triunfo en otras áreas. Por eso este Mundial de los Desayunos nos ha caído como anillo, o más bien, como picarón al dedo. Uno, porque nos distrae del largo incendio político que tenemos en casa; dos, porque alivia en algo (en muy poco, la verdad) este nuevo desengaño futbolero; y Tres, porque nos salva de la aburrida batalla ideológica nacional, por una razón muy simple: en el Perú todo puede ensuciarse, menos la cuchara. Hasta el corazón puede avinagrarse, pero el paladar no se mancha.
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