La emergencia sin Estado

Cuando un valiente policía o un implacable fiscal comienzan a darle batalla al crimen organizado, se encuentran con un letrero como el que había en la puerta del infierno de ‘”La Divina Comedia’”.

Gonzalo Banda
Por

Analista político

El Estado te asegura que no perezcas en el estado de violencia y, a cambio, te pide que le entregues el monopolio del uso de la fuerza. Es la parte más elemental del contrato social. El principio básico en el que Hobbes y Weber coincidían. Sin embargo, en el Perú, la disfuncionalidad en la que se mueven las relaciones del ciudadano con el Estado ha ocasionado que se cultive una ciudadanía deteriorada que ha construido su progreso de espaldas al Estado, una ciudadanía de supervivencia. Ahí donde no había Estado, el ciudadano solucionó un problema que el Estado no pudo solucionar. Lo hizo con sus servicios públicos, con su alimentación y hasta con su educación (cuántos padres de familia han construido aulas para sus hijos). Pero el problema con el crimen organizado es que el ciudadano no puede vulnerar el monopolio de la violencia estatal, salvo en legítima defensa, y los niveles de sofisticación que necesitaría para enfrentarse al crimen organizado son demenciales. Es imposible pedirle al ciudadano que se las arregle por sí solo frente a la barbarie. Tal vez una olla común pueda paliar el hambre, pero ¿qué demonios puede hacer el ciudadano frente al crimen organizado?

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