El 4 de octubre de 2025, el papa León XIV publicó la exhortación apostólica Dilexi te sobre el amor hacia los pobres, escrita sobre un manuscrito del papa Francisco. La fiesta de todos los santos nos permite reflexionar ahora sobre el hecho de que el amor a Dios es claramente la brújula que señala el camino de todos los cristianos a la santidad. El mandamiento nuevo de Jesús, de amaos unos a otros como Él nos ha amado, enriquece el antiguo primer precepto de la ley, poniendo a todos los fieles por igual en adoración a Dios por amor. Lo importante es estar desapegado de las riquezas, se tengan o no.
Lucas era médico, ejercía su profesión, tenía pacientes, y ganaba lo suficiente para dedicar tiempo a escribir su Evangelio y Los Hechos de los apóstoles, y para acompañar a Pedro y a Pablo en sus correrías apostólicas. Nicodemo pertenecía al Sanedrín, buscó discretamente a Jesús por la noche para escucharlo; y a la muerte de Cristo ayudó a José de Arimatea a enterrar el cuerpo de Jesús. Un hombre rico según San Mateo, José de Arimatea, que también pertenecía al Sanedrín, pidió y recibió su cuerpo del gobernador romano Poncio Pilato. Cubrió a Jesús con una sábana nueva lino comprada a gran precio, y enterró a Jesús en su propio sepulcro excavado en la roca, sellando la entrada con una gran piedra. Ninguno de los tres era pobre.
El santoral está lleno de cristianos que no eran pobres proclamados santos por la Iglesia. Dos ejemplos. Tomás Moro, jurista, filósofo, teólogo, político, escritor, poeta, traductor, profesor de leyes, juez de negocios civiles y lord canciller inglés, mártir en la Iglesia católica. Carlo Acutis, estudiante italiano, programador de informática aficionado, canonizado por León XIV. Para qué seguir.
El amor a Dios es claramente la brújula que señala el camino de los cristianos a la santidad. León XIII, en la carta encíclica Rerum novarum, recomendó en el siglo XIX que “dichas clases gemelas [los ricos y los pobres] concuerden armónicamente y se ajusten para lograr el equilibrio. Ambas se necesitan en absoluto: ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital. El acuerdo engendra la belleza y el orden de las cosas” (n. 14).
La libertad humana conduce al desarrollo desigual de los hombres, incluso de los hermanos. Lo vemos en la enseñanza del Señor, cuando describe la parábola del hijo pródigo, al observar la desigual conducta del hijo mayor con respecto al hijo menor. La libertad se ejerce cristianamente asumiendo la responsabilidad de cada uno. Así el pobre recibe con agradecimiento la limosna del rico, como el rico comprende que debe donar al pobre una limosna. Si no hubiera ricos, no habría limosnas o serían pocas. La limosna, tan encarecida por la caridad cristiana, presupone la fortuna de los ricos.
Fomentar los derechos humanos de todos los ciudadanos, a la par ricos y pobres, hace posible una sociedad donde unos resultan ricos por herencia de sus padres, o por el desarrollo educativo y profesional de una formación que permite al fiel laborioso hacer fortuna. Esa es la fortuna que el rico compartirá con el pobre. Puede ser muy poco, poco, bastante o mucho. De ello se goza la sociedad y se hace más fácil la convivencia. La Iglesia misma, en su quinto mandato, ordena a todos los fieles ayudar al clero en sus necesidades. Sólo es posible este servicio con fieles ricos, generosos, responsables y bien dotados, de tal manera que además de mantenerse y mantener a los suyos, extiendan una parte de sus fortunas, por pequeña que sea, para sostener los trabajos y servicios apostólicos de la Iglesia. Los pobres, que carecen de sobrante de dinero para donar en las colectas parroquiales, no pueden darse ese lujo. Los ricos sí pueden y deben hacerlo, y de hecho lo hacen. Es más, buena parte de esa ayuda material terminará llegando a los pobres necesitados. No dejemos que un impulso del sentimiento ajeno a la razón nos impida ver esta realidad. La Iglesia no pide estrictamente un diezmo de los ingresos de cada fiel. Ello resultaría inviable en la práctica; deja la cuantificación del monto de la limosna al buen criterio de cada fiel.
Dios nos dice a través de la Escritura: “Yo te he engendrado hoy” (Sal 2,7). Todos somos hijos de Dios, la gran mayoría personas de la clase media. Los católicos, sea cual fuera el monto de su fortuna reciben el bautismo, la confirmación, la Eucaristía, el matrimonio o el orden sagrado según fuera el caso, los santos óleos. Es natural, por tanto que el primero de noviembre la Iglesia católica celebre la festividad de todos.
Amo te. Esta pequeña jaculatoria en latín, dirigida a Dios, y que todas las personas podemos decir en cualquier lugar, sea cual fuere nuestra condición económica, es la respuesta de ricos y pobres al primer mandamiento de la ley mosaica, de amar a Dios sobre todas las cosas. Ricos y pobres, que en los siglos XX y XXI se han ido insertando cada vez más en la clase media. Como ha dicho León XIV el 24 de octubre pasado, “frente a lo que he definido la «globalización de la impotencia», debemos comenzar a oponer una «cultura de la reconciliación y del compromiso». Y “La justicia exige que las instituciones de cada Estado estén al servicio de todas las clases sociales y de todos los residentes, armonizando las diferentes necesidades e intereses”. (De la Rerum Novarum de León XIII a las “cosas nuevas” analizadas por el Papa León XIV “desde las periferias”).
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