(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Luis Millones

Antropólogo

Siempre me gustó enseñar en los primeros años de la universidad. Nada reemplaza la mirada de ilusión, esperanza y triunfo de un alumno que recién ingresa o está en sus primeros ciclos. En cambio, los cursos de posgrado tienen otro público. Y si en un primer momento pudieron lucir despoblados, hay que reconocer que en los últimos 10 o 15 años han ganado estudiantes. Probablemente, en eso han influido los azares de la meritocracia que predica que tener un magíster o un doctorado permite aspirar a un mejor trabajo.

En una abrumadora mayoría, los estudiantes de posgrado han tenido que trabajar varios años hasta ganar lo suficiente para suplir la ayuda de sus exhaustos padres y afrontar sus propios gastos. En muchos casos tienen también que sumar una carga familiar. Con ello, no es sino hasta alrededor de los 40 años que muchas personas pueden recién pensar en realizar un magíster o doctorado.

En resumen, muchas veces en los cursos de posgrado los alumnos son personas que llegan a clase con la carga de haber trabajado todo el día y con la angustiosa necesidad de pasar a ver a sus hijos antes de que se duerman.

Pero eso no significa que ser docente de pregrado sea una maravilla. Existen otros problemas, nada menores, de los que habitualmente se culpa a las universidades. En realidad, la mayoría de estos problemas viene de mucho tiempo atrás, pero afectan gravemente la formación de quienes inician estudios superiores.

En algún momento, hace no tanto tiempo, la orientación escolar cambió de rumbo y se comenzó a hablar con más frecuencia de “proyectos” y “comunicaciones”, entre otras palabras misteriosas, que restaron importancia a los cursos de historia, literatura, filosofía y todo lo que sonase a cosas tan inútiles como Humanidades o Ciencias Sociales.

Puedo resumir el resultado de esta nueva tecnología educativa con un ejemplo. Hace unos meses, un distinguido colega extranjero, profesor de Estudios Latinoamericanos en universidades en Europa, vino al Perú (país que conoce muy bien) con interés en quedarse. Lo invitaron a dar una conferencia en una universidad local y decidió desarrollar como tema los códices mesoamericanos.

Me había pedido que lo acompañe y accedí gustoso. Cuando mencionó el tema de su charla, me apuré en decirle que el nivel de nuestro estudiantado (entre los cuales algunos ni podrían ubicar a México en un mapa de América) no estaría a la altura de lo que quería explicar. Mi amigo entendió no sin extrañeza mis reparos y decidió hablar sobre Arguedas. Así quedamos.

Llegado el momento, tras intentar decir algo sobre los códices mexicanos, frente al desconcierto pintado en la cara del público, anunció que comentaría con sus oyentes “El sueño del pongo”. Inició el tema preguntando quiénes habían leído dicho cuento de Arguedas. El silencio absoluto fue la respuesta. Luego preguntó si alguien podía mencionar alguna obra de Arguedas, recibiendo el mismo silencio. De más está decir que concluyó como pudo, salimos corriendo y no comentamos la experiencia.

Me sucede algo parecido con los cursos que dicto a mis jóvenes alumnos. Ya son muchas las promociones de las que no puedo esperar que hayan leído “El Quijote” o que tengan alguna idea sobre el Renacimiento, o que sepan que Hernán Cortés no es suplente en la selección mundialista. ¿Podemos seguir echando la culpa a las universidades por estas calamidades?

Hacer eso siempre será más fácil, pero no nos engañemos. ¿Qué cosa han aprendido en primaria y secundaria estos alumnos? Yo estudié y me gradué de profesor secundario en la especialidad de Historia y Geografía. Luego la vida me llevó por otros rumbos, pero no dejo de pensar en la responsabilidad que tiene la formación escolar.

De alguna forma, el Ministerio de Educación debe enfrentar la eterna promesa incumplida de cada gobierno que se inicia. Se necesita, con terrible urgencia, un proyecto realista que permita dar a los alumnos algo más que herramientas de aprendizaje sin contenidos para usarlas.

Quizá estoy esperando mucho de organismos tan estáticos como los ministerios. Ya sabemos que si se sigue la tradición asentada en la administración pública, un nuevo ministro hará lo posible para que no se le mueva el piso y ratificará a todos los directores que ocupen altos cargos en su cartera (que salvo contadas excepciones están allí desde hace mucho tiempo). ¿Volverá a repetirse esta desoladora rutina?

Hace unos años me ofrecieron un viceministerio. Acudí a la cita e hice la pregunta obvia: ¿A cuánto ascenderá nuestro presupuesto? Con la cifra que me dieron no era posible hacer mucho, aparte de tener una secretaria y gozar de mi posición. Agradecí la gentileza de haber pensado en mí y regresé a casa.

De vuelta a mi vida de docente sanmarquino, recibí la habitual visita de mis exalumnos, muchos de ellos trabajando en la administración pública. Me contaron que en más de una dependencia tienen contratos de dos meses de duración, que pueden o no renovarse. ¿Es posible vivir así? ¿Cómo pedirles compromiso en cosas tan importantes como la educación escolar a quienes viven ese suplicio?

El nuevo presidente tiene la oportunidad de hacer historia, aun en el corto tiempo del que dispone. Siempre cuesta trabajo ser audaz y romper los vicios enquistados, pero hay que hacerlo si queremos que la educación escolar tenga sentido y lleguen a la universidad jóvenes que además de entusiasmo cuenten con los conocimientos necesarios.

O también podemos seguir limpiando los pecados de la educación escolar culpando a las universidades. Es más fácil. Y si las cosas no salen bien es porque el objetivo final es inalcanzable. ¿Para qué complicarnos la vida con hacer que los chicos lean a Cervantes? Con un resumen de una página (cómo se hace en muchos colegios) es suficiente… el resto que lo aprendan en las universidades. ¿No?